La tecnología y la (hiper)-(des)-información
Siglo XXI: ¿Cuál será el tango?
Probablemente todavía sea demasiado temprano, el autor seguramente ya haya nacido, pero lo real es que aún no conocemos al “Cambalache” de este siglo. Vaya uno a saber en qué ritmo se compondrá finalmente, nada asegura que vaya a sonar a tango, el tiempo y los códigos vigentes lo dirán. Pero si con algún concepto podría arrancarse el análisis de este siglo, uno de ellos es, sin lugar a dudas, el de la enorme paradoja que plantea esa convivencia perversa actual entre la “hiper” y la “des” información.
La dicotomía plantea el gran dilema comunicativo de la época actual: por un lado, las personas estamos permanente sometidos a una especie de bombardeo casi aturdidor de información sobre diversos temas, que nos llegan a través de diferentes medios. Pero, al mismo tiempo, esa profusión de noticias, a poco que le prestemos algo de atención, nos muestran un grado tal de contradicciones y controversias, que nos llevan a dudar de lo que nos dicen, al punto de terminar sin una información mínimamente confiable.
El tema es de una cotidianeidad indiscutible, no se necesita la más mínima pizca de intelectualidad para percibirlo, pararse frente a él, evaluarlo y manifestarse al respecto. Lo percibimos en el ómnibus, en la feria, en el aula, en la oficina y en el taller y donde quiera que estemos, Lo vivimos al despertar, antes de dormirnos, regando las plantas, en el baño y cocinando unas moñitas con aceite y queso.
En el presente trabajo, vamos a intentar un abordaje desde algunos de los ángulos posibles, se trata de un intento racional, expresión de una inquietud, el resultado seguramente será parcial e insuficiente, pero no por ello menos necesario y con cierta dosis de urgencia.
El infinito horizonte de la filosofía
Hace unos dos mil trescientos años, Aristóteles, filósofo griego desarrollador de la lógica como precepto, formador pedagógico de Alejandro Magno, entre otras cosas, decía algo así como que «Es ignorancia no saber distinguir entre lo que necesita demostración y lo que no la necesita». Esta idea plantea la confusión existente entre dos conceptos que, estando íntimamente relacionados entre sí, son conceptualmente diferentes.
En definitiva, lo que intentaba explicar, es que la claridad intelectual no se basa en demostrar ni afirmar todo de manera absoluta, por el contrario, es esencial reconocer qué conceptos exigen ser probados y cuáles no, ya que forman parte de los principios a partir de los cuales arrancan nuestros pensamientos.
Actualmente, se percibe una confusión que en realidad no es expresión de no saber, sino de no saber cómo saber. El tema no es la carencia de información, que vaya si es abundante en estos tiempos, sino de no saber distinguir bien el tipo de conocimiento al que nos enfrentamos. De esa forma, caemos en un fandango donde todo parece igualmente opinable o igualmente demostrable, como consecuencia, el pensamiento pierde su forma y se vuelve difuso.
En ese punto la frase de Aristóteles adquiere toda fuerza y vigencia, no estamos ante una situación de errores concretos ni de datos falsos, sino de algo más profundo, que tiene que ver con la incapacidad de reconocer los fundamentos mismos del conocimiento. Y esa incapacidad, ya percibida en la Antigüedad, sigue atravesando muchas de nuestras formas actuales de pensar y comunicarnos.
La teoría de Aristóteles implica el concepto de que, quien no distingue entre lo demostrable y lo indemostrable está confundiendo la estructura misma del conocimiento. Esa confusión afecta la forma de razonar, y en ese sentido, hablar de “ignorancia” no significaría no saber algo, sino no saber cómo se justifica lo que creemos saber.
Así, toda demostración parte de principios que no se demuestran. Son puntos de partida necesarios, evidencias primeras o acuerdos básicos sin los cuales ningún razonamiento podría comenzar. La inteligencia no consiste en acumular argumentos, sino en reconocer qué tipo de afirmación tenemos delante.

En la vida cotidiana, este problema aparece más de lo que se supone, ocurre en debates sobre valores, experiencias personales o intuiciones básicas. Intentar demostrar racionalmente todo lo que sentimos o todo lo que damos por supuesto puede llevar a una especie de parálisis. No todo conocimiento tiene la misma naturaleza y tratarlo como si la tuviera genera frustración y malentendidos. Al mismo tiempo, también sucede lo contrario: aceptar sin cuestionar afirmaciones que sí deberían ser examinadas.
En la actualidad, la vorágine de las redes y el acceso indiscriminado a las fuentes de información que se mueven en internet a nivel global, tiende a “sumergir” todo lo que circula en la misma laguna de reportes, sin ningún tipo de discriminación, aclaración sobre la fidelidad de las fuentes y otros aspectos que hacen a la credibilidad de la información. Caída esa “semilla” en el surco de la opinión colectiva, puede llegar a germinar cualquier tipo de infundios y falsedades.
Por su parte, Ernst Cassirer, filósofo alemán especializado en el estudio del simbolismo y la cultura humana, que escapó del nazismo y enseñó en universidades como Yale y Columbia, dejó fundamentada una idea fuerza particularmente apropiada a estos tiempos de redes sociales, algoritmos y narrativas enfrentadas. Decía el pensador que el hombre no es un animal racional, sino un animal simbólico
Este concepto podría ayudarnos a entender la raíz del surgimiento de la llamada “post verdad”. A partir de esta consideración, no se trataría de una enfermedad nueva ni de una suerte de corrupción moral del lenguaje, por el contrario, se trata de una condición humana que siempre estuvo presente y que ahora se manifiesta con nuevas herramientas.
Cassirer explica en su trabajo “Antropología filosófica” que los seres humanos no accedemos a la realidad física de manera inmediata. Entre nuestros sentidos y el mundo exterior se interpone una red de símbolos., tales como el lenguaje, el mito, el arte, la religión y la ciencia, los cuales funcionan como lentes a través de los cuales miramos todo lo que existe. Esto nos diferencia de los animales, que reaccionan ante una señal.
El ser humano construye un universo de sentido donde las palabras no solo describen cosas, además las nombran, las ordenan y les otorgan significado. Hay un salto entre la señal y el símbolo, eso es lo que nos separa del resto de las especies. Si las redes simbólicas se rompen, el mundo mismo se quiebra, no hay una realidad sólida afuera esperando ser descubierta. Hay múltiples construcciones simbólicas compitiendo entre sí.
El ser humano no nace sabiendo quién es, se forma en el diálogo entre el yo, el tú y el él. Esa es la base de cualquier comunidad que dialogue, el reconocimiento del otro como interlocutor válido es lo que permite distinguir entre una opinión y un hecho. Las redes sociales, en lugar del diálogo abierto, han colocado especie de cámaras de eco donde el yo solo se encuentra con versiones amplificadas de sí mismo. El otro deja de ser un interlocutor para convertirse en una amenaza o en un ente irrelevante. En esa dinámica, se atrofia la capacidad crítica del lenguaje, el don de decir: «esto es esto por esta razón», se atrofia, en su lugar, aparece el creer que “nosotros tenemos la razón, los otros están engañados”.
La verdad no es un objeto que se posee, es un equilibrio frágil entre formas simbólicas que deben dialogar. Cuando una de esas formas, sea el mito, la emoción o la identidad grupal, pretende anular a las demás, la realidad se vuelve inestable, ahí está el origen de la ahora llamada post verdad. Sería pues, un síntoma de una lucha más amplia entre dos maneras de construir el mundo: la científica, basada en la verificabilidad, la provisionalidad y el diálogo crítico, y, por otro lado, la mítica, basada en la repetición, la pertenencia y la eficacia emocional.
Cassirer no vivió para verlo, pero su pensamiento puede explicar el fenómeno. Las redes sociales y los algoritmos no crearon este conflicto, lo potenciaron mediante la velocidad de circulación de la información, lo cual favorece los mensajes que provocan reacciones inmediatas. El análisis reposado, la verificación y la exposición de puntos de vista opuestos requieren tiempo y energía, la lógica digital no está diseñada para eso sino para mantener la atención y ésta se sostiene mejor con emociones fuertes.
El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss hace también importantes aportes al tema desde la teoría. Define dos tipos de sociedades: las “frías”, aquellas que buscan permanecer iguales y usan los mitos como un molde repetitivo, y las “calientes”, que viven pendientes del cambio.
Estudió muy específicamente el tema de los mitos, No se ocupó de su significado oculto, más bien quiso analizar su anatomía, cómo se construyen, qué reglas siguen. En las sociedades frías, las distintas expresiones humanas nunca están solas y siempre cumplen una función colectiva. Ya sea atadas a lo religioso, a los rituales, a la memoria del grupo. Las sociedades modernas han perdido esas creencias compartidas, por esa razón se ha vuelto individualista, ha roto esa conexión.
Igualmente, señaló que el individualismo occidental ha aislado al ser humano del resto de la creación. Esa separación, lo ha desprotegido y ese fenómeno está vinculado problemas como la crisis ambiental. Con claridad, expresó que cuando el ser humano se cree fuera de la naturaleza, empiezan los problemas, lo cual hoy cobra sentido, y hace particularmente al tema que nos ocupa.
La democracia: ¿En riesgo?
Lo que comúnmente identificamos con democracia, y lo que nos evoca el término, hace referencia a un sistema de gobierno, de estructura republicana, basado en la separación de poderes, en el cual, la ciudadanía, mediante voto libre y soberano, elije a quienes ejercerán la conducción de ese gobierno.
Tomemos esta definición sencilla y esquemática en extremo, para situarnos en el tema que nos ocupa en este punto. La historia de occidente ubica el nacimiento de este sistema en la Grecia de la Antigüedad, más concretamente en Atenas, el cual luego se proyecta hacia los siglos siguientes, tomando la forma de República en la Roma antigua, luego devenida en Imperio.
La versión moderna y contemporánea del sistema, el que conocemos y compartimos en países como el nuestro, nos llega desde las revoluciones liberales del siglo XVIII, luego supuestamente “perfeccionado”, hasta llegar al formato actual que nos comprende. La etimología del término apunta a lo que sería el concepto central: demos = pueblo, cracia = gobierno, en resumen: “gobierno del pueblo”.
La aplicación estricta del concepto, sin entrar en este espacio en especulaciones sobre la profundidad y veracidad del mismo, conduce a la derivación filosófica que lleva a considerar, que, además de sistema de gobierno, la democracia es un modo de vida y convivencia basada en la libertad y la justicia en todas sus formas.
¿Qué papel juega la información, en su modo actual, en la democracia? ¿Qué lleva al surgimiento de ciertos planteos que la consideran en riesgo? ¿De qué manera inciden en su evidente crisis actual? Menudas interrogantes y desafío profundizar en respuestas a este verdadero entuerto, intentaremos plantear una hipótesis, más que válido el punto para aplicar el concepto estampado en la presentación de esta página web: “no es para estar de acuerdo” ni parcial, ni menos totalmente, vaya si habrá que intercambiar y discutir sobre este respecto.
Vamos a iniciar el análisis tomando una figura emblemática a propósito del tema, Jaime Durán Barba, a quienes algunos medios internacionales señalan como “el hombre que fabrica presidentes”. Buscando una definición de su profesión nos encontramos con una breve cita que dice: “consultor de imagen y asesor político ecuatoriano formado en Argentina”. Otros currículos más detallados lo caracterizan como uno de los fundadores de la consultoría política en América Latina, estudió derecho, filosofía, sociología e historia, fue director del FLACSO y profesor de la George Washington University.
En el libro “La política en el siglo XXI” escrito en coautoría con Santiago Nieto, desmenuza su teoría, la fundamenta y define los lineamientos generales de las estrategias más adecuadas para tener éxito electoral, considerando la realidad actual, la cual se muestra como absolutamente condicionada por las nuevas formas de comunicación.
Emoción vs razón: ese es el principal axioma de su teoría, lo cual lo ubica en una postura de ratificación de los mecanismos que históricamente aplicaron los regímenes populistas en la región, con una clara impronta de ideología de derecha en lo político y de liberalismo a ultranza en el plano económico. A modo de ejemplo, diseñó las campañas de Marcelo Ebrard en Méjico y de Mauricio Macri en Argentina. Llegando a un punto casi “patológico”, también fue asesor en Colombia del partido Alternativa Liberal, creado por Pablo Escobar, lo que lo llevó a tener que abandonar el país cuando Escobar fue detenido.
Lo concreto es que, más allá del juicio personal que pueda hacerse desde el punto de vista formal o ético, por su tarea ha ganado prestigio y seguramente buenos dividendos. Su teoría plantea la confrontación entre el método científico y la política. Este enfoque pone en jaque la tesis del investigador catalán Jorge Wasemberg, quien sostenía que la ciencia ofrece elementos para ayudar a que madure la democracia, por la vía de prestigiar la conversación y aprender a escuchar antes de hablar, dimensionando el razonamiento y el análisis.
Invocando pruebas de la realidad y experiencias de campo al respecto, Durán Barba sostiene que los temas que interesan y tratan los políticos y los investigadores, no son los que le interesan a la gente, por el contrario, quien pretenda tener éxito en la política, debe apuntar a cautivar, a seducir, a enamorar. Para ello, los métodos apropiados están por fuera del ámbito científico. De esa forma ratifica el concepto de que los efectos buscados no se logran por el camino de la razón sino por los de la emoción.
Durán Barba afirma que la gente no razona, solamente siente, y aquí nos surge un fuerte cuestionamiento coincidente con la discrepancia, ¿eso es naturalmente así o la propaganda y las campañas buscan que sea así?
Otro punto en el que se detiene es en el de la opinión pública y la comunicación. A ese respecto, expresa que, hacia fines del siglo XX, con las nuevas herramientas como internet y las redes, la denominada “opinión pública”, tiene una expansión vertiginosa. A diferencia de lo que ocurría anteriormente, ahora incluye a toda la población, invadió todos los espacios, trastocando de esa manera los valores y las normas de la esencia de la democracia.
Lo resume en una frase: “la opinión pública licuó la realidad”, es como decir que borró las fronteras entre lo público y lo privado y politizó lo cotidiano, la política dejó de ser la práctica exclusiva de unos pocos “iluminados”. De esa forma, hace una utilización maniquea del proceso, identificando esta suerte de “espectacularización” de la política, con una mayor libertad y amplitud, en definitiva, con una mayor democracia.
Otra de sus frases suena a una verdadera declaración de principios: “la vida privada de los líderes determina los resultados de las elecciones más que las doctrinas”. La opinión pública se ha convertido en un ente colectivo, la integramos, pero también la nutrimos, le compartimos nuestra vida y ella nos controla, nos señala qué es lo importante y que no. A partir de esta transformación, la política ya no es un coto cerrado, lugar de acceso de solamente unos pocos.
Como forma de cuestionar o poner un marco al manido tema de la “opinión pública”, que Durán Barba maneja como instrumento poderoso y, a la vez, irreductible, me voy a basar en la tesis del francés Pierre Bourdieu a ese respecto. Baourdieu manifiesta que la opinión pública se basa en tres postulados que él cuestiona expresamente:
1.- Suponer que todos podemos opinar sobre cualquier tema
2.- Suponer que todas las opiniones tienen el mismo peso
3.- Suponer que hay un consenso sobre la importancia de tal o cual tema, y plantear la misma pregunta a todos de manera indiscriminada
No hay duda que todas las encuestas tienen sesgos y éstos dependen de las demandas de quien las encarga. Los temas que se plantean están subordinados a intereses políticos, de hecho, una encuesta es, actualmente, un instrumento de acción política. Parte de la idea de pretender que existe algo como una media de las opiniones.
El efecto fundamental que se busca con una encuesta de opinión es que existe una opinión pública que legitima determinada política que se impone o pretende imponer, y, de esa manera, reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o la hacen posible.
Volviendo a Durán Barba, pone como ejemplo dos casos emblemáticos de resultados electorales edificados sobre la base de sus métodos de “victoria política”. Uno es el caso del triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016 frente a Hillary Cinton, obtenido sin el apoyo de los grandes medios ni del establishment y con el repudio de todas las universidades.
Según sus palabras, Trump proyectó una imagen de “salvaje sinceridad” (sic), captando el voto de los descreídos en la política. Cabría preguntarse si, con tamaña decisión, habrán continuado descreyendo, pero Durán asegura que el show montado en torno a Trump cautivó a las masas, provocándole emociones intensas, aunque supieran que su contenido no era real.
El otro caso que pone como ejemplo es el del brasileño Francisco Everardo Oliveira Silva, el payaso Tiririca, que en año 2010 logró una banca de diputado en el estado de San Pablo haciendo su campaña, disfrazado de payaso y burlándose de los valores tradicionales, utilizando la frase “no tengo idea de para qué sirve un diputado federal, pero si me vota lo averiguo y se lo cuento”.
La realidad nos mostraría algunos años más tarde que, abrazados a ese formato y declamando esa prédica, amplificada por el manejo inescrupuloso de las redes, Donald Trump volvió a ganar las elecciones en 2024 y Jair Bolsonaro, un payasesco personaje de la derecha populista, obtuvo un período de mandato presidencial en Brasil.

Volviendo al principio y a modo de cierre del presente párrafo, si no asegurarlo rotundamente, corresponde reflexionar sobre el futuro del sistema democrático y del político en general, al menos el que conocemos y del que formamos parte. De lo que no caben dudas es de que el manejo de la tecnología y las formas actuales de comunicación, tienen un valor estratégico decisivo, y configuran un terreno sobre el que las fuerzas en pugna deben poner toda su inteligencia y empeño en obtener.
Libro citado: La Política en el siglo XXI, arte, mito o ciencia
Jaime Durán Barba y Santiago Nieto/Ed. Debate,2017 – ISBN 978-987-3752-63-6
La tecnología al poder
El 20 de enero de 2026 Donad Trump asume su segunda presidencia en el Capitolio de los Estados Unidos de América, en Washington D.C. Entre los asistentes a la ceremonia, en primerísima fila, las imágenes mostraron la presencia de los CEOs de las grandes tecnológicas, con la destaca figura de Elon Musk al frente, el dueño de Tesla y de Space X, considerado el hombre más rico del planeta. La imagen es toda una señal, como para aventar todas las dudas.
El asalto de las corporaciones tecnológicas al poder ya ha dejado de ser una especulación para transformarse en una evidencia que, de alguna manera, tipifica al mundo de esta primera mitad del siglo XXI. De alguna forma, el fenómeno responde a la lógica, si partimos de la base de considerar el “poder de convocatoria” que las redes tienen sobre las personas.
Historiemos brevemente:
En 1958 se funda en Estados Unidos la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada, ARPA por sus siglas en inglés, a través del Ministerio de Defensa. Estaba integrada por un par de centenar de científicos y su función central era crear comunicaciones directas entre ordenadores para comunicar diferentes bases de investigación.
Fue creada en el marco de la Guerra Fría y su objetivo era eminentemente militar. Ya en 1969 conecta módulos en UCLA, Stanford, Santa Bárbara y Utah, mirando el mapa se observa que une al país de punta a punta y responde, claramente, a una estrategia de defensa.
Su evolución posterior marca las siguientes etapas:
-En los años setenta se desarrolla el correo electrónico
-En 1983 se adopta el protocolo TCP/IP, se trata de un conjunto de reglas que divide los datos en paquetes y los enruta, es el nacimiento de internet
-En el año 1990 se produce la creación de la World Wide Web (w.w.w.), atribuida al científico Tom Berns Lee, quien inventa el sistema de hipertextos (HTML, HTTP), que permiten la navegación visual
A partir de esos hitos, la internet se hace pública y ofrece el paquete de servicios que hoy conocemos y manejamos, tales los casos del correo electrónico, los navegadores, los chats, buscadores, toda la red de comercio electrónico, etc.
Como surge del análisis de todo este proceso, el mismo tuvo, desde su propia concepción, un carácter defensivo ofensivo de clara vocación expansiva, tendiente a imponerse el mundo, lo cual fue generando, ya desde su génesis un sistema de dominio sobre la opinión, los patrones de conducta, así como una forma más o menos velada de control
Este proceso se acentuó exponencialmente en la medida que sucesivos avances tecnológicos posteriores fueron dando forma a lo que hoy se conoce como la Inteligencia Artificial, AI por sus siglas en inglés, marca de origen sin duda. Hoy nos enfrentamos al tema que nos ocupa en el presente artículo y que es producto del desarrollo de esa especie de “neo naturaleza” artificial que, poco a poco, se va superponiendo a la verdaderamente natural.
El camino a la toma del poder

Lo real es que, este proceso nos está llevando a que estemos cediendo nuestra autonomía intelectual en favor de la eficiencia y la comodidad. Cuatro empresas –Open AI, Google, Anthropic, Meta– están construyendo la infraestructura con la que millones de personas resolvemos dudas, tomemos decisiones, gestionamos datos y, además, determinan también como vinculamos ideas.
Hay gente que, tiene que alinear su discurso a Google, cotejar fuentes, ponderar sesgos y asumir contradicciones. Pero más aún, la IA generativa ofrece una respuesta coherente, exigiendo menos búsqueda y, a la vez, la tarea de verificación de las fuentes y de la reflexión.
El resultado es que estamos reemplazando el «proceso interno» por un veredicto externo ya digerido, revestido de un manto tecnológico que exime de discusión y réplica. Ya no buscamos para pensar sino para obtener una respuesta lo más rápido posible.
Sus efectos pueden no ser inmediatos, pero son previsibles: una lenta pérdida de la variedad en el pensamiento, de las ideas fuera de lo común, eso que denominamos “locura humana”. Es ciertamente difícil poner un freno a la IA, pero en algún momento habrá que decidir cuánto razonamiento estamos dispuestos a entregar antes de perderlo definitivamente.
Aquí aparece el gran tema de los límites, negarse a usar la herramienta de la IA en aras de una postura de “cruzada mística anti tecnológica”, no solamente raya en lo absurdo, sino que además es regresivo. El centro del tema podría estar en tener siempre presente que se trata de una herramienta, como tal está para ser usada, no dejemos que nos use.
Un caso paradigmático de la “cruzada por el poder” que están desarrollando las tecnológicas, lo constituye el fundador de Palantir Technologies, Peter Thiel, quien hace unos días estuvo en la Argentina y se reunió con el presidente Javier Milei.
No se trata de un episodio aislado ni un encuentro más entre el mundo empresarial y la política. el fenómeno va más allá de lo tecnológico y se enmarca en una disputa por el poder, en la que las corporaciones comienzan a ocupar espacios tradicionalmente reservados al Estado. Esta situación se da en la medida que lo público se recluyó de muchas funciones claves, especialmente en áreas como el manejo de datos y la infraestructura digital.
Este fenómeno, propio de este momento histórico, implica tensiones sobre los marcos democráticos, los cuestiona fuertemente, además de constituir un corrimiento hacia lógicas más corporativo empresariales.
Peter Thiel es cofundador de PayPal y primer inversor externo de Facebook, consolidó su poder a través de Palantir, una empresa de análisis de datos que trabaja con agencias de inteligencia y defensa. Es una de las personas más ricas del mundo, con una fortuna estimada de más de 23.000 millones de dólares, además de un referente ideológico de la derecha tecnológica.
En efecto, ha afirmado que “la libertad y la democracia no son compatibles”. Su empresa desarrolla herramientas de vigilancia y análisis masivo de datos utilizados por organismos como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (conocido como ICE) y por Israel en Gaza.
Las empresas en las que él invierte y su participación son muy definitorias del mundo en que vivimos, Palantir es una empresa utilizada para hacer la guerra, aliada fundamental de los gobiernos de Israel y Estados Unidos. Está cometiendo un genocidio en Palestina, aportando espionaje y el uso de datos. Su concepto es que los humanos son costos colaterales.
Además, como corresponde a esa ideología, la libertad que él plantea es una libertad de mercado, no está pensando en ningún momento en la libertad política, que sería la base de las democracias. Una de las claves de su pensamiento, es el desplazamiento de la política por lógicas tecnológicas y corporativas, lo que se denomina “El gobierno de las corporaciones”.
Recientemente, Palantir ha publicado un manifiesto que propone un corrimiento desde formas tradicionales de poder hacia un modelo en el que la tecnología, particularmente el software, se vuelve un instrumento central de dominio. Expresa textualmente: “La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere algo más que un atractivo moral. Requiere poder duro y el poder duro en este siglo se construirá sobre el software”.
Conviviendo con las redes
Anécdota I
Hace algunos días observaba a una niña muy pequeña, que seguramente no pasaba el primer año de vida. Se entretenía jugando con una pelota de tenis, la observaba, la arrojaba al piso; reiteraba esa práctica que seguramente le resultaba todo un descubrimiento.
De pronto, tomó la pelota entre sus manos y realizó el intento de arrojársela a una persona que, sentada a poca distancia, la observaba con atención y le sonreía. La conclusión fue bastante clara, algo empujó, naturalmente, a aquella exploradora a compartir su descubrimiento, a socializarlo, a invitarla a hacer lo mismo.
Anécdota II
Normalmente, lo cual resulta absolutamente previsible, un alto porcentaje de las personas que asistimos y ocupamos la sala de espera de un consultorio médico, somos sexagenarios. Éramos doce personas, dentro de ese rango etario los que esperábamos turno para ser atendidos.
En un determinado momento, presto puntual atención, nueve de ellas están sumergidas, ojos, manos y atención, dentro del mundo pequeño pero absorbente de sus respectivos celulares. No lo afirmo, pero me lo pregunto: ¿habremos perdido la necesidad innata de socializar?
En su libro “Jamás tan cerca”, el argentino Agustín Valle, hace un tratamiento sumamente interesante a propósito de los sujetos que vivimos en la “mediósfera”, a la que define como “espacio virtual, dimensión formada por el intercambio permanente de comunicaciones remotas.”
Así sobrevivimos todos y todas, aún con diferencias etarias, de nacionalidad, clase social, género, políticas e ideológicas, todas y todos, celularizados. Todas y todos con la mano, los dedos, los ojos, el cerebro y el alma adosada a las pantallitas. ¿Alienados en la conectividad permanente? Hiperconectados y distraídos. Distraídos por la conectividad; mediatizados

¿Para cuánta gente, la pantallita es lo primero y lo último que mira cada día, ese visor portátil de la mediósfera? Valle lo define como una Religión Celular, podría complementarse el concepto agregando que, ese voto de fe nos conduce a realizar, de forma absolutamente inconsciente, todo un ritual que, de hecho, ha sustituido a varias de nuestras costumbres más ancestrales.
Estos dispositivos contemporáneos de producción de subjetividad, caracterizados por las telecomunicaciones instantáneas, dan lugar a vidas que, para existir, deben conectarse. A menos conexiones, menos red y mayor precariedad, el resultado: experimentar el “terror” de la desexistencia. Esté donde esté el cuerpo, algo lo tira, lo distrae, lo distracciona. Estemos donde estemos, en cualquier momento hay un potencial de tracción atencional que nos tira desde la mediósfera.
A modo de conclusión reflexiona: si el campo producía campesinos y la ciudad, ciudadanos, ¿qué subjetividad se producen este nuevo marco? La conclusión es rotunda y a la vez tiene tintes casi dramáticos: una subjetividad mediática. Esto conduce al individualismo, a la desconexión social, a la insolidaridad.
El capitalismo financiero, para algunos de naturaleza recombinante, reciclador de existencias de acuerdo a sus intereses, deshace las viejas asociaciones y comunidades estables de la sociedad, atomiza, celulariza, y ofrece a su vez su técnica como dispositivo de la re socialización, estamos solos, pero re-conectados.
El recurso de la presentificación
La alternativa visible a este fenómeno son los movimientos colectivos, los que denomina “presentificantes”, liberadores de la alienación conectiva. Es el paso de estar constantemente comunicados a estar en común, en comunidad, cuando volvemos a mirarnos a los ojos, a abrazarnos, a olernos. De alguna forma, cuando recuperamos la parte esencial de nuestra humanidad.
En esa dinámica los artefactos y las redes se usan con sentidos opuestos a los que motivaron su diseño; cuando son recurso de algo cuyo centro está en nosotros y no desplazado al brillo mediático. Cuando, en vez de la alienación normal, teológica, adictiva y de mandato productivista, que atenta contra la sensibilidad, las redes y pantallas se subordinan al presente afectivo de los cuerpos, convocando al encuentro.
La presentificación acontece cuando el presente organiza el sentido en lugar de estar persiguiendo o cumpliendo algo. La presentificación nos vuelve a poner de frente, a conversar, disentir y acordar, ese es el camino para descubrir y aventar rumores infundados, engaños y farsas armadas para sembrar descontento y desazón.
Perfectamente podría ser el antídoto a tanto aislamiento, a no seguir sacrificando parte vital de nuestra naturaleza de especie, en aras de una comunicación “incomunicante”, alienante y perversa. Además, asumir que esta nueva adicción no es una mala costumbre de los gurises de ahora, es un problema que nos involucra y debe comprometernos a todos.
Como también debe ser un compromiso de todos asumir y enfrentar ese avance del poder mediático, que amenaza, de forma velada e inconfesa, nuestras libertades y hasta las bases más esenciales de nuestra naturaleza humana. Asumirlo con sensibilidad y humanidad, no dejarse engañar y confundir con falsos politicismos y perversidades pseudo religioso ideológicas. Y por sobre todas las cosas, no dejar de pensar.
Libro citado: Valle, Agustín/J. Jamás tan cerca/1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires
© 2022, Editorial Paidós SAICF/ISBN 978-950-12-0406-3
Para bajar el telón
En medio de un bosque había un enorme y robusto árbol. El águila decidió construir en su copa el nido para sus polluelos. Allí vivirían seguros y felices. Más abajo, en el tronco, había hecho una gata su hogar, dentro de un agujero que encontró en el árbol. Y allí tuvo a sus gatitos. Y abajo del todo, junto a las raíces, la jabalina decidió criar también a sus hijos.
De esta forma, el generoso árbol acogía en armonía a tres familias de animales: águila, gata y jabalina. Y todos vivían en paz, hasta que la ambiciosa gata pensó en quedarse con todo el árbol para ella y sus gatitos. Y para ello, tramó un astuto plan.
Un día, trepó hasta la copa, en donde encontró al ave con sus polluelos, y le dijo:
– Amiga, vengo a avisarte de algo terrible de lo que me he enterado. Resulta que la jabalina quiere quedarse con el árbol, y ha decidido cavar poco a poco hasta derribarlo. Cuando lo consiga, se comerá a tus crías y a las mías.
– ¡Pues que se atreva que aquí me encontrará! No pienso moverme del nido. Mis hijos no se quedarán solos ni un instante.
La gata se retiró con una siniestra sonrisa. Y al poco rato bajó al pie del árbol para hablar con la jabalina:
– Amiga jabalina, vengo a avisarte de los terribles planes del águila. Constantemente observa a tus crías y está pendiente del momento que las dejes solas para saltar sobre ellas y devorarlas.
– ¡Qué dices! ¡Qué terrible! Pues no me moveré de aquí, y así nunca logrará su propósito.
Y la gata se retiró de nuevo con su siniestra sonrisa.
Los días pasaron y ni el águila ni la jabalina se movían de su sitio. Tanto es así, que sus crías comenzaron a adelgazar más y más por el hambre, hasta que terminaron muriendo. Y poco después, también murieron el águila y la jabalina. De esta forma, la gata y sus crías se quedaron con todo el árbol.
Moraleja: “Si haces caso de rumores sin confirmar, te estarás labrando tu propio mal”
Fuente: Fábulas de Fedro/Bajado de https://tucuentofavorito.com/




