Tal vez uno de los caminos más escabrosos entre los que tenemos que transitar en nuestra existencia, sea el que nos lleva a recorrer nuestros propios pasos y el de aprender a vernos y conocernos a nosotros mismos. Seguramente sea también el objetivo más persistente que nos anima, casi una especie de obsesión que no nos abandona ni por un instante; la psicología especula y analiza de qué forma esa búsqueda moldea nuestras acciones. La propia prolongación de la especie, para algunas concepciones, es parte de esa búsqueda de identidad genética y cultural, aquello de que “nuestros hijos son la prolongación de nosotros mismos . . .”, que muchas veces llega al extremo, cuasi patológico, de postergar la propia individualidad del nuevo ser humano que procreamos.
Sin ahondar en cuestiones metafísicas ni existenciales, la presente columna se enfocará en la evolución de la representación de la figura humana a través del tiempo, desde los orígenes hasta la actualidad. Dicho de forma más específica, la representación plástica, sea a través de la pintura o la escultura y todos sus colaterales, de la figura humana, vinculando el aspecto formal, estudiado por la iconografía, con la significación conceptual de esa estructura formal.
Un poco actuando como rehén de la formación docente en historia y como forma de ordenar los conceptos, en líneas generales, aunque no en forma rígida, vamos a seguir una línea cronológica que nos permita visualizar la evolución de forma más clara. De esa forma se procurará trazar una línea de seguimiento que vaya aunando los aspectos formales con los sucesivos entornos históricos y sociales, vinculando ese seguimiento a los avances tecnológicos que mucho han influido, tanto en la técnica de ejecución como en la percepción del mundo que rodea al artista.

Desde la magia de la Prehistoria
Se estima que los primeros testimonios plásticos que se tienen del homo sapiens datan del entorno de los cuarenta mil años. Los mismos se concentran en las cuevas de las cavernas, en los lugares más recónditos, que estuvieron a salvo de los embates tanto naturales como de la destrucción provocada por las guerras. Hacia el año 1868 se registran los primeros hallazgos pictóricos de la Prehistoria, los mismos estaban ubicados en las cuevas de Altamira en España, en la zona de Cantabria. Allí se observan diversos ejemplos de lo que la historiografía denomina “pintura rupestre”, con ejemplos que se caracterizan por la sencillez del trazo y el naturalismo de las figuras, tanto las humanas como las de otras especies.
El análisis de estos restos revela algunos aspectos importantes, el estudio se ha encarado partiendo de una analogía con otros procesos que desarrolló ese homínido puesto a vivir y desarrollarse en un ambiente determinado. Sin dejar de considerar lo parcial e influido por la cosmovisión y la cultura de nuestro tiempo, podría considerarse que el proceso de adaptación al medio debió haber pasado por el nucleamiento, que algunos atribuyen al instinto gregario, la búsqueda de la protección como tarea común y la consecución de los elementos indispensables para la vida. Siguiendo esa hipótesis se desarrolla la teoría de la vida en las cavernas, la recolección de hierbas y frutos naturales, la utilización del fuego descubierto para la cocción de la carne de los animales, la utilización de pieles para el abrigo, etc.
Hoy se acepta la teoría, basada en evidencias arqueológicas, de que ese individuo pasó de una existencia nómade y errante, guiado por el instinto que lo conducía en la búsqueda del alimento, nucleado en agrupamientos pequeños, laxos e inestables y una realidad pautada por la inseguridad, a una condición de sedentario. El proceso de aprendizajes diversos lo condujo a la producción del alimento, el cultivo de la tierra, la domesticación y administración de los animales y formas de organización social más complejas. A ello seguiría el salto tecnológico de la invención del lenguaje y las sucesivas transformaciones.
Describiendo y analizando ese extenso período de la historia humana, investigadores como Arnold Hauser identifican al artista del Paleolítico como un “mago cazador”, que pintaba antes al animal para empezar a convertirlo en presa. Por su parte, el británico Gordon Childe expresó que el cambio que supuso el paso al Neolítico, fue la ruptura revolucionaria más tajante y profunda de la historia de la humanidad.
Centrados en la plástica, y particularmente en la figura humana, los restos datados de mayor antigüedad nos permiten encarar un análisis diverso y potencialmente rico en conclusiones.

Los testimonios hallados en las cuevas de Altamira son un claro ejemplo de la pintura paleolítica, la línea del trazo se hace notoria en la figura humana, en tanto que los animales se destacan por el naturalismo y la plasticidad del movimiento. Las manos impresas sobre el fondo de las cavernas, evocan un movimiento casi instintivo que dejó testimonio de una presencia; ¿fue un hecho casual que permitió descubrir el valor de la imagen? Para algunos analistas, ese hecho, que bien pudo ser fortuito, permitió apreciar el valor propio e intrínseco de la imagen, así como el impacto que provoca en la persona. Nunca lo sabremos con certeza.

La Venus, por su parte, es representativa de la escultura neolítica, ejemplo de una serie de estatuillas del estilo, las mismas representan figuras femeninas cuya anatomía pone énfasis y exagera sobre los atributos físicos vinculados a la sexualidad y la procreación. Este aspecto hace que se las califique como un símbolo de la fertilidad, que se condice con la idiosincrasia de una comunidad labradora. Evidencian, además, un proceso creativo más sistemático y menos espontáneo que los ejemplos rupestres del período anterior.
Una teoría que aborda el análisis del arte en los albores de la humanidad, y atendiendo particularmente el caso de la representación humana, se detiene en el estudio comparativo entre la evolución de la creación desde el punto de vista de la especie con la evolución del propio ser humano desde el inicio de su vida. Para esa consideración, es necesario tener en cuenta algunos elementos fundamentales:
-El individuo debe desarrollar un proceso de adquisición de habilidades, ello supone el perfeccionamiento de la motricidad, especialmente la fina. Igualmente, debe incorporar y manejar nuevos materiales que le son desconocidos, esto está unido a la experimentación y el desarrollo de mecanismos de ensayo y error.
-Un paso siguiente podría ser el de la fabricación y/o adaptación de instrumentos y herramientas para el trabajo creativo, lo cual conlleva a la adquisición y dominio de nuevas técnicas.
En ambos casos, el individuo en lo personal, así como el grupo social y las sucesivas generaciones, van acumulando experiencias que resultan fundamentales como plataforma a partir de las cuales seguir desarrollándose. Paulatinamente, se produce la especialización del trabajo, es decir, el nacimiento de lo que podría denominarse la “profesión” del artista; así se dio en la evolución histórica, el pintor cazador del paleolítico mutó hacia el creador neolítico, en la medida que la tarea se fue especializando.

La figura precedente está compuesta por dos imágenes de generación absolutamente diferente. En el plano superior se trata de una pintura realizada sobre la pared de una caverna, por sus características y las figuras que lo rodean, se trataría del Paleolítico. En la parte inferior, se trata del dibujo de un niño de no más de cuatro años de esta tercera década del siglo XXI. Obviando las diferencias tanto de textura como del trazo en su consideración estrictamente material, ambas figuras presentan similitudes notorias. Ello se observa fundamentalmente en la representación de las extremidades y la definición del contorno del cuerpo.
En ambos casos se trata de individuos que están comenzando el proceso de práctica y aprendizaje de la técnica del dibujo, la elementalidad de los detalles, aún los más “gruesos” parece corroborarlo. Perfectamente podría ilustrar la teorización de algunos analistas que sostienen la máxima de que “la ontogenia reproduce a la filogenia”; es decir, separados por decenas de miles de años, los pasos del proceso de aprendizaje, parecen seguir dinámicas comparables.
La Antigüedad: Hieratismo y frontalidad
La escultura
El período más antiguo de la existencia humana, entrando en la era que se denomina específicamente “Historia”, se caracteriza por el desarrollo de las primeras civilizaciones, producto de los nucleamientos urbanos que se desarrollaron como consecuencia de la expansión de la aldea neolítica. Estas primeras civilizaciones, presentaron, como uno de sus rasgos comunes, la conformación de unidades territoriales sometidas a un poder central, prácticamente en todos los casos apoyado en el poder militar.
La concepción de la visión dual del universo trajo aparejado el surgimiento y consolidación luego de las religiones, las que conformaron también un núcleo de poder ligado al político. Se trataba de religiones politeístas, resumen de las divinidades de cada antiguo clan neolítico, a las que se dedicaron ofrendas, templos y todo tipo de elementos votivos.
La escultura alcanzó, en este ámbito, un fuerte desarrollo, aunado al carácter divino de la autoridad máxima, que también fue destinatario de toda una parafernalia mística en la cual la imagen, divinizada y generalmente monumental, ocupó un lugar preferencial. Pese a haber pocas posibilidades de que las civilizaciones entraran en contacto entre sí, salvo por aproximación, que generalmente culminaban en enfrentamientos bélicos, pueden hallarse elementos comunes en la estatuaria del período.
Como se indica en el párrafo anterior, las comunicaciones se establecían por expediciones militares, generalmente de conquista, así como también por vínculos comerciales, destacándose entre estos últimos la llamada “Ruta de la seda”, originaria de China, que unía varios puntos del continente asiático.

La figura anterior se conforma con ejemplos escultóricos del período, de izquierda a derecha, de Egipto, el extremo Oriente y la India. Un elemento común que sobresale es el de la frontalidad, se trata de la postura de la imagen que está “de cara” al observador, la crítica lo atribuye a una actitud que transmite respeto y, por lo tanto, exige la misma disposición de quien lo observa. Las tres corresponden al período de la antigüedad, aunque separadas por siglos en el tiempo.
En el caso de la pareja egipcia, se trata del faraón, dueño del poder supremo e hijo del Amón Ra, el dios del sol, y la reina. En la estatuaria egipcia se expresa de forma muy clara el denominado hieratismo, es decir, figuras que rígidas y desprovistas de expresión, expresan una solemnidad propia de su rango. El pie izquierdo adelantado responde a una fórmula convencional que simula un movimiento que el resto del cuerpo no manifiesta, además, las extremidades permanecen pegadas al cuerpo y sostenidas por una especie de respaldo de piedra.
La imagen central aparece menos tensa y expresa un gesto, que, con ser bastante errático, se distancia del gesto enjuto de la figura anterior. Aparece sentada y los brazos separados del tronco del cuerpo, aunque la postura también sugiere un convencionalismo o patrón religioso, al seguir el modelo de la postura del Buda. Se destaca y diferencia del ejemplo anterior, por la sugerencia de los pliegues del manto que cubre el cuerpo.
La figura de la derecha, manteniendo la tónica de seriedad y cierto grado de solemnidad, aparece dando un paso “de verdad”, ya que el cuerpo sugiere cierta inclinación y los pliegues de la túnica resaltan la sensación de liviandad y movimiento.
La pintura

La expresión pictórica presenta algunas diferencias más significativas, aunque se mantienen rasgos, al menos semejantes, que permiten presuponer algún tipo de contacto inter civilizatorio. La imagen de la izquierda corresponde a una pintura estampada en la pared de una tumba egipcia. Se trata de dos figuras femeninas, que muestran uno de los convencionalismos que caracterizan al arte de esa cultura, aparecen con el torso de frente, el rostro de perfil y el ojo también de frente. Se utilizan colores vivos, con predominancia de los cálidos y el dibujo se caracteriza por su carácter plano, sin expresión ninguna de volumen. Corresponden al segundo milenio AC.
La imagen central corresponde a los Frescos de Sigiriya, ubicados en Sri Lanka, y datados en al siglo V DC, la expresión de dureza y rigidez del ejemplo anterior, es sustituida por una más humanizada. El recurso técnico utilizado es la presencia de las líneas curvas, lo cual “ablanda” a la figura y le agrega voluptuosidad. La viveza y calidez de los colores contribuye a dar a la escena ese tono de cierta confortabilidad que rodea todo el ambiente.
La imagen de la derecha, por su parte, corresponde al Mural de Dunhuang, ejemplo del arte japonés del siglo IV DC. Las figuras carecen de toda formalidad y rigidez y la suavización de la línea da soltura y liviandad a la representación; se destaca la innovadora concepción espacial que caracteriza a la pintura japonesa, que parece hacer suspender todas las formas, alterando las lógicas de la física. Esta tradición nipona, influirá muy fuertemente en estilos occidentales posteriores, como el impresionismo del siglo XIX.
Esta breve reseña pretendió hacer una muestra de la forma como se representó la figura humana desde los orígenes hasta la era de las primeras civilizaciones. De alguna manera, conforman los ejemplos más lejanos de esa especie de “espejo de mano” que el ser humano utiliza para verse y reflejarse a sí mismo, no solamente desde el punto de vista del aspecto y la forma. Igualmente, muestra de forma subyacente la influencia que el entorno, tanto ambiental como histórico, ejerce sobre la expresión y el aspecto formal de la creación.
En sucesivas entregas continuaremos con el análisis cronológico, procurando seguir la línea evolutiva de esta fundamental forma de expresión del arte universal.
Julio Rapetti
Material consultado
- Historia social de la literatura y el arte/Arnold Hauser (Ed. Guadarrama)
- La Revolución Neolítica/Gordon Childe
- Página Superprof.com
- Ernest H. Gömbrich y otros/Arte, percepción y realidad
- Página Ttamayo.com




