ENTRE LUCES DE AVENIDA Y AMORES DE MADERA
-Yo siempre sentí que con la guitarra tuve una relación amorosa pero complicada . . . Como te puedo explicar . . . – Busca el término más adecuado mirando a lo lejos mientras aplasta la brasa del cigarrillo negro con el filtro amarillo
-¿Complicada en qué sentido Alfredo?
-Como . . . incestuosa José, esa es la palabra, incestuosa . . . Mateo interrumpió de golpe la ingesta de su licor y apoyó toda la fuerza de la mirada de sus enormes ojos sobre los de Alfredo que sintió la vibración -Yo sé que no es fácil de entender, a mí mismo siempre me costó asumirlo, pero hoy sé que es así . . . Le canto versos amorosos, hablo de su tacto y de su olor, pero siento pudor cuando me refiero a ella, hasta algo de rubor si me permiten
-Yo conocí en Porto Alegre un tipo, un violero copado, ¿me enenés?, que siempre decía que amaba a su viola, nunca lo veías sin ella en los brazos, en cualquier lugar. La verdad nunca me dijo si estaba enamorado de ese prototipo tan particular de mina, pero no se notaba que tuviera ningún complejo por eso . . .
-Sabés lo que pasa Mateo, que el flaco es medio rayado, es decir, medio si lo mirás con un ojo solo . . . -Pero si es por rayado yo a esta altura ya hubiera filmado una película porno con mi guitarra . . . La risotada de José retumbó contra las paredes del boliche y hasta el propio Alfredo se rio para después retomar la seriedad y explicar con la seriedad que el tema ameritaba luego de encender otro pucho:
-Estrázulas siempre me dice que no tengo que tener complejo por eso, que tengo que amarla de veras porque es la forma de amar más a mis seres queridos y en especial a mis compañeros queridos
-Claro . . . lo que pasa es que yo la mayor parte de las veces ando tocando con guitarras ajenas porque las mías, las pocas que he tenido, siempre me han durado poco
-O sea que sos bastante adúltero con el género como quien dice
-No sé si es adulterio José, es que las propias se me esfuman, se me evaporan . . .
-Pero por porqué Mateo no entiendo . . .
-Las tengo que vender, por el bajón sabés Alfredo, pero igual eso no es trascendente, la cutumancia es lo que saco de la guitarra cuando la toco, lo que le hago decir, sea la méndiga propiedad de quien sea
-¡Julio! ¡Serví la vuelta querés!
-¡Va José! Aguántame un cacho que ya estoy con ustedes . . . Las luces fijas de la avenida seguían encendidas pero las móviles comenzaban a espaciarse mientras las agujas pasaban a paso sostenido las barreras del día sin que el aire del espacio bolichero lo notara.
-Menos mal que ninguno de los tres maneja no, porque con las leyes nuevas seguro que nos sacan libreta de conducir, auto y capaz que también . . .
-La guitarra . . ., interrumpió Mateo a Alfredo que no pudo evitar la risa acompañado por el gesto compinche de José que asomaba por debajo de los gruesos bigotes
-Ahora sí Josesito, estoy a las órdenes
-Andás activo Julio, ¿Qué acontecimiento importante hay hoy en el boliche?
-Lo que pasa que el Puchito Pintado está de festejo, se vino con un par de damitas y está formando como el mejor
-Yo a ese muchacho lo conocí por allá por Belvedere, ¿cómo era que le decían? . . .
-“El mago de calesita” Alfredo, porque hacía desaparecer todo lo que andaba en la vuelta. La carcajada de Mateo no se hizo esperar, el mozo acomodaba los vasos prolijamente al alcance de cada cliente mientras José le comenta y lo interroga:
-Estábamos hablando recién con los muchachos del amor de los cantores y músicos por la guitarra, ¿vos cómo andás con esa canción?
-Ni me hablen de esa copla, vengo de toparme con el pinta este, cómo es, el Cuitiño por ese tema, ustedes saben cómo cuido yo la viola . . .
-Pero vos, tocar, lo que se dice tocar, no tocás . . ., acota Mateo aceptando la invitación de Alfredo a otro pucho.
-Rasco, como para entretener a la gilada . . . En eso estaba en el boliche La Bajada y el Cuitiño me dice que tengo la bordona baja. Delante de la gente, pero además no estaba baja. Claro, el Cuitinho estaba medio mamado . . .
-¿Y vos?- Preguntó José a media sonrisa
-Similar. . .
-Y había mujeres Julio . . .
-Claro Alfredo, y eso fue lo que más me calentó. Ahí fue que le di con la guitarra, menos mal que lo agarré de refilón y se rajó un poquito . . .
-¿La cabeza de Cuitiño?
-No la guitarra, y bueno . . . no tuve más remedio que ajustarle las clavijas
-¿A Cuitinho?
-No a la guitarra . . . también se machucó el traste
-¿Cuitinho?
-No, la guitarra. Sin poder esconder la risa de su boca llena de dientes enormes debajo del bigote, Mateo pudo comentar entre medio de la tentación: Y bueno . . . ¡son las cosas que nos pasan!
-Por ser tan enamorados-, acotó José y los cuatro rieron con ganas mientras Julio acudía a la mesa del Puchito que reclamaba su presencia
-Como cambió de laburo se puso exigente-, alcanzó a decir . . . –Ahora es cuida coches frente al Radisson, ya no está más en Defensa y Arenal Grande
-Vos tenés suerte flaco porque tus amores son todos españoles, de madera olorosa, a vos no te complican las cuerdas de metal, las pedaleras y las distorsiones. ¡La hacés fácil eh!
-No empieces con eso José, vos sabés que no nos vamos a poner de acuerdo ni dentro de quince vueltas más
-Sabés qué Mateo? Al flaco Alfredo no le gusta el rock and roll ni el blues, ¡a vos te parece!
-Bueno, yo toco la guitarra eléctrica y me encanta, pero no me vengas con cantar en inglés porque no te lo llevo, es un lance
-¡Bueno compañero!, somos dos entonces, viste José solo vos jodés con la Joplin y qué se yo . . . Sabe lo que pasa Mateo, que yo me asumo incapaz de disfrutar una canción cantada en ese idioma, es más fuerte que yo.
-Eso tiene que ver con la energía que has creado y que te rodea, es místico, los planetas se te alinearon de esa forma y no hay caso . . . No José, no me mires como si estuviera divagando porque nada que ver vo, es el espíritu el que manda, convéncete. Marcando el tiempo de blues con su mano derecha sobre la madera de la mesa José comienza a entonar en ese ritmo sincopado una mezcla caótica de poesía y prosa: “Milonga para una niña enamora hasta las viejas y el Flaco las asombra con esa voz como de otro con ese flamenco entrecortado y con esa ternura de solitario empedernido . . .”
Definitivamente las luces móviles cada vez circulan más espaciadas, se hacen escasas y esporádicas, el recinto se comienza a vaciar y permanecen algunos noctámbulos solo en un par de mesas más, al tiempo que el parroquiano que está recostado al mostrador de a ratos dormita, resistiéndose a emprender la ida a casa o vaya a saber uno a dónde.
-Sabe que me sorprende un poco por qué le pone ese jarabe a la bebida. Los tres comienzan a manifestar signos del efecto del alcohol, Mateo mira a Alfredo sorprendido y éste lo corta ante que ensaye alguna explicación -¡Discúlpeme Mateo! Haga de cuenta que no le pregunté nada . . . En serio, está todo bien . . .
-Qué dice la barra, ¿hay tiempo y espacio para otra vuelta?
-Claro que sí, contanos Julio, ¿cómo ves vos todo este tema de los “Panamá peipers”, las ofyores y el lavado. ¿Te habrás enterado no?
-Claro José, yo soy un tipo muy informado, todas las mañanas le leo los diarios al negro Moncho en el quiosco de la esquina . . . Esperen que les sirvo la penúltima y les cuento . . .
-Que quieren que les diga, para mí lo más grave de todo es el tema del lavado . . .
-Mirá Alfredo, yo conocí a un tipo que bien podría llamarse el “Rey del Lavado” . . . sentándose en una silla que arrima de otra mesa y apoyando los codos sobre la bandeja apoyada en las piernas, el mozo mira a los tres compinches que lo escrutan con ojos de pesquisa.
-Contá Julio, ¡contá, contá! A Mateo los ojos se le van definitivamente de las órbitas
-Yo lo conocí hará unos . . . treinta y ocho, cuarenta años . . . Recién había venido de mi pueblo y paraba en el boliche La Ojarasca, allá por la curva de Los Derechos . . . ¡Había una barra!
-¿Pero ya en ese tiempo Julio?
-Si Alfredo, así como lo oyen, el “Rey del Lavado” y sin máquina, sin socios locales ni mucho menos extranjeros, él solo a mano nomás
-¡No jodas! José abre la boca en gesto de asombro
-Así mismito nomás, los peludos del Frigorífico Nacional le dejaban los uniformes blancos, manchados de sangre hasta no dar más, como si vinieran del “Combate en la Tapera” y él de un día para otro se los dejaba como el manto de la santa. Como queda dicho, ¡el “Rey del Lavado”!
-Pero . . ., intenta explicar José mientras los otros ya se reían
-Ahora “los yores”, lo que se dice los yores nunca escuché decir que también los lavara, pero por ahí puede ser porque el hombre era un maestro. ¿De qué se ríen vo? ¡Me están tomando el pelo! Y rápidamente cambia el ceño fruncido por una sonrisa pícara y buena como pocas.
Amacándose pero sin tambalear, los tres compinches salen a paso lento del recinto y se pierden por la avenida ya definitivamente sin tránsito, Mateo con la guitarra en la espalda, José en el medio con un brazo en cada hombro de los otros dos y Alfredo fumándose el veintitantos del día comenzado hace apenas unas pocas horas. Poniendo las sillas patas para arriba sobre las mesas, Julio los observa marchar lentos y piensa acomodándose el paño blanco sobre el hombro izquierdo: -¡Qué tres locos estos! . . . Mire que enamorarse como unos bobos de la primera guitarra que se les cruza por el camino, a quién se le ocurre . . .

Nota: para la elaboración de esta fábula se utilizó la siguiente bibliografía:
-Información sobre El Sabalero: “Cuando todo el sol era nuestro”. Ediciones B. Autor: Pablo Tosquellas
-Información sobre Eduardo Mateo: “Cuerpo y Alma”. Ediciones B. Autor Carlos Tapia
-Información sobre Juceca: “El lugar de los grandes pecados atroces”. Ed. Planeta. Autor: Julio César Castro
-Información sobre Alfredo Zitarrosa: reportajes, notas escritas, anécdotas y comentarios guardados en la memoria (y varias de sus canciones por su puesto)




