LA CANCIÓN URUGUAYA
Desafío grande si los hay es adentrarse en ese concepto entre abstracto y tangible que es la canción uruguaya, concebida así, como un todo, como si fuera un molde o signo identificatorio que la distingue, nada más alejado de la realidad esa afirmación, a juicio de este humilde “musiquero” ya devenido en doméstico.
Pero vamos a traspasar el umbral de nuestros límites sonoros y culturales, para introducirnos en la “uruguayez”, y de esa forma comenzar a transitar por la ruta de su riquísimo acervo musical y recorrer los variados y cálidos caminos de su cancionero. Para ello trataremos en esta primera entrega los orígenes del país como tal y algunos de sus rasgos identitarios.
Al entrar en lo que atañe específicamente al análisis musical, que abordaremos en próximas entregas, veremos reflejado en el repertorio, a través de sus diferentes estilos, influencias y vertientes que vienen de diversos orígenes, en los cuales nos detendremos especialmente.
Entre varias cosas se podrían señalar:
- Una muy clara influencia de la cultura y la música europea
- Fuerte presencia de la música afro, fundamentalmente en la zona sur y específicamente en la capital en lo que atañe al ritmo de candombe
- Escasa participación de la impronta de la música de culturas pre hispánicas, que van a llegar, al menos de forma manifiesta, recién sobre la segunda mitad del siglo XX
- Permeabilidad a la influencia de los países limítrofes en las zonas fronterizas, particularmente en el norte y el litoral
LA CREACION DEL URUGUAY: “Írritos, nulos y disueltos . . .”

La Convención Preliminar de Paz
En agosto de 1828 se firma la paz para poner fin a la guerra que durante algún tiempo tuvo enfrentados al Imperio de Brasil y el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la actual República Argentina, acuerdo que tuvo como eje central, la creación de un nuevo país en la hasta ese momento Banda Oriental, integrante de las Provincias Unidas y que el gobierno portugués primero y brasileño después había anexado, llamándola Provincia Cisplatina.
Un enviado británico, Lord Ponsomby, comisionado por el propio monarca europeo, en defensa de la gran industria y el capital inglés, verdaderos creadores del imperio, a la sazón el más poderoso de la tierra, había conseguido su objetivo, lograr, como lo había hecho algún tiempo antes en Europa, con la creación de Bélgica, el surgimiento de un “estado tapón”, entre dos países grandes y potencialmente “peligrosos” para sus intereses. De acuerdo a registros historiográficos, habría dicho el enviado una vez firmado el acuerdo: “Yo creo que, a partir de ahora, su majestad podrá disponer de estas tierras casi como le plazca.” A lo largo del camino, en tiempos de bohemia juvenil, le escuché decir a algún veterano medio alcoholizado, a la vera de un mostrador: “Los viejos pecados tienen largas sombras . . .”
El “país que no era”, con una bandera que tampoco era, necesitaba organizarse, para ello, siguiendo fórmulas y modelos foráneos, de espaldas al legado de la Patria Vieja, se redacta y se jura, una Constitución que será el marco jurídico por el que deberá regirse la nueva república.
¡¡¡Viva la Patria!!! Dicen los libros que leímos en la escuela, que gritaba la multitud en la Plaza Matriz de Montevideo el 18 de julio de 1830, el día que se juró “solemnemente” la nueva carta orgánica. El tiempo habría de enseñarnos, en su transcurrir y observando como funciona la “vida real”, que las multitudes no celebran constituciones, solamente algunos pocos especializados, saben realmente que dicen esos textos leguleyos.
A la mayoría, el contenido de esos mamotretos nos tiene bastante sin cuidado, a menos que los invoquemos, como ha sucedido, para reclamar derechos y garantías que el mismo expresa de manera explícita y que, en determinados tiempos históricos, no son respetados. Sería algo así como “es importante que exista, pero sé muy poco lo que dice”. En el caso uruguayo, el texto recogió poco y nada de la tradición colonial, así como tampoco de la idiosincrasia de la población, fue un modelo foráneo casi calcado.
La construcción de la identidad

Pradera y puerto conforman dos visiones, muchas veces encontradas, de la “uruguayez”
La “Banda pradera”
Hacia comienzos del siglo XIX, José Gervasio Artigas, el padre de todos los uruguayos, siguiendo el camino de su destino, fue abandonando los aledaños de los muros de la Ciudadela de Montevideo e internándose en el interior de la tierra. Guiando al español Félix de Azara, recorrió el territorio y aprendió del científico ilustrado secretos de la tierra y sus especies, mamó la prédica de la importancia de esos aspectos y se familiarizó con la vida, las prácticas y costumbres de sus habitantes, así como de sus necesidades, anhelos e inquietudes. También conoció “de mano” y en el diálogo directo, el contenido de las nuevas ideas que en la lejana Europa estaban poniendo fin a todo un tiempo histórico.
Al frente del pueblo oriental, transmitió el amor a la tierra y la necesidad de que estuviera en las manos de aquellos dispuestos a trabajarla en la búsqueda del progreso común, quitándosela a los “malos europeos y peores americanos”. Promovió y propició que fueran los orientales “tan ilustrados como valientes” y se rodeó de la indiada superviviente a la conquista y el exterminio, el cual se completará, lamentablemente, cuando él ya no esté.
Más allá de los avatares históricos posteriores, se habían puesto los cimientos de esa “pradera” llamada a constituir parte fundamental del cerno nacional en su misma esencia. Así nació la “sociedad de las sierras”, lugar donde el caudillo se sintió más cómodo y que, algunas décadas más tarde, otro liderazgo del paisanaje definiría como la patria del “aire libre y carne gorda”.
La vida en la campaña uruguaya se estructuró informalmente organizada en torno al sistema económico productivo basado en el agro, fundamentalmente en la ganadería, predominantemente de explotación extensiva, fundada sobre los pilares del latifundio. Hacia la mitad del siglo XIX, debido en buena medida al fuerte influjo inmigratorio europeo, esencialmente proveniente de la Europa de las zonas mediterráneas, hacia el sur del país comenzó a tener cierta incidencia la producción agrícola, basada más en la explotación minifundista, conformándose el cinturón de chacras y huertas en torno a la capital. En las décadas siguientes, se expandió a otros departamentos, como San José, Colonia y Salto en el litoral norte.
Esa “sociedad de la sierra” delineó rasgos distintivos que confluyeron para otorgarle una identidad muy clara. Se desarrolló un tipo de convivencia en la que, por ejemplo, el cura tanto daba el sermón y administraba la eucaristía como se remangaba la sotana para patear al arco que los gurises improvisaban con montículos de piedra, así como carpía el fondo del predio de la parroquia para plantar verduras y cuidar las flores. De la misma manera, semi disimulado, compartía alguna caña con los parroquianos del boliche, en una rueda que era compartida por el milico del pueblo y, ya entrado el siglo XX, también por el maestro director de la escuela.
El rol femenino estaba claramente demarcado y resultaba de vital importancia para regir el funcionamiento de la casa y, eventualmente, la cosecha de los frutos de las chacras familiares. La vida social en el medio rural cristalizó y tomo forma, desde los tiempos coloniales, en torno a tres centros de nucleamiento, cada uno con sus características específicas: la pulpería, la parroquia y la escuela. En ellos, se compartía la conversación, la actividad cultural y educativa y se desarrollaba comunidad.
Esta muy breve descripción pretendió introducirnos en ese ámbito peculiar y uruguayísimo de nuestra campaña, en el que se produce esa simbiosis del hombre y el paisaje, lugar donde se conjuga el lenguaje de las aves, el rumor del viento, ámbito de ese “centauro andariego”, descendiente de aquel gaucho de otrora, convertido luego en paisano y devenido en “peón pa’ todo” como dice una copla de nuestro canto.
Es la “tierra adentro” del Uruguay, que “chamuya” el “portuñol” en el norte y baila chamamés en el litoral. Es el interior del país, pero en la capital se lo define e identifica como “el afuera”, clara reminiscencia de la expresión que hacía referencia al extra muros de la fortaleza de la Ciudadela en el Montevideo colonial.
La ciudad puerto
Bastó que los portugueses pusieran su bandera en la Colonia del Sacramento, en la desembocadura mismo del río Uruguay, llegando al mar, para que España se decidiera a poner el pie efectiva e institucionalmente en estas “tierras sin ningún provecho”. Demasiado expuestas al exterior estas costas orientales, no era bueno dejarlas en manos de las otras potencias, no mientras las fuerzas fueran suficientes y hubiera españoles dispuestos a habitarla.
En 1776, cuando estaba despuntando la revolución industrial, se construyó plaza militar, luego iglesia y más tarde un edificio público de administración, el Cabildo y se construyó una muralla que la rodeara. De esa forma, la bandera española flameará marcando firme presencia sobre la margen oriental del río “ancho como mar”. Ubicada en la ladera de un cerro, con destino de solitario centinela, al cual alguna leyenda le atribuye el mérito de haber dado el nombre a la ciudad que luego allí se levantaría. Según esa más fábula que testimonio fidedigno, algún marino portugués expresó con alegría y alivio “¡Monte vide eu!”, y “¡zás!”, ahí le quedó el nombre. . .
Esa ciudad puerto será el cimiento sobre el cual se comenzará a edificar, ya en el período republicano, hacia finales del siglo XIX, el “modelo urbano” que hoy en día es ciudad capital y referencia del país en todo el mundo. La capital ha sido y es, el rostro del Uruguay con la mirada puesta hacia el mar, la mentalidad permeable al factor externo y la visión cosmopolita, acentuada en la medida que se fueron extendiendo y multiplicando los medios de transporte y comunicación.
La consolidación del modelo es atribuida a José Batlle y Ordóñez, él se propuso, de manera deliberada, hacer de la capital un centro institucionalizador, faro desde el cual el país se construyera como una sociedad moderna. Este proyecto se desarrolla mediante procesos que se fueron desplegando a lo largo del tiempo, de manera algunas veces más aceleradas, en otras más lentas, pero con un rumbo cierto y con una fuerte disposición.
La macrocefalia: De esa forma, el “hermano menor” del sub continente, fue conformando su fisonomía de gnomo, un ser de cuerpo pequeño y cabeza grande que, apareciendo al frente ante al mundo, le daba a país su rostro identificador. En realidad, la conformación es el resultado de la consolidación de un modelo económico que se basó en un sistema productivo pautado por la mono producción, básicamente ganadera, que dio lugar a un país agro exportador de materias primas por excelencia.
La “lógica del sustento” condicionó el funcionamiento del país, la producción necesitaba un puerto de salida para llegar al exterior, el país necesitaba importar materiales y alimentos que no producía, en consecuencia, ese puerto era también de entrada. Si allí estaba el centro neurálgico de la economía, allí se produciría el mayor nucleamiento de población; todo el flujo que siguió a ese proceso elemental vino por la propia fuerza de los hechos.
Enumeramos algunas de las formas en que se manifiesta ese fenómeno de la macrocefalia:
- En la capital funcionan los órganos del gobierno nacional y los centros institucionales
- Hasta hace un par de décadas, funcionaban en exclusiva los centros de estudios superiores
- Los centros industriales y de logística más importantes funcionan en la zona cercana al puerto
- Centraliza un alto porcentaje de la inmigración interna
Factores identificantes
Parece en primera instancia extraño que una nación, con una historia de apenas un par de centurias, reducida a una superficie tan estrecha, creada artificialmente por la extracción quirúrgica de la diplomacia de una potencia extranjera, pueda tener el grado de identificación con “lo uruguayo” que nos caracteriza. Las explicaciones podrían ser muchas y de distinta naturaleza, sociológicas, históricas, antropológicas y basadas en otras disciplinas.
A menudo, se identifica el “ser uruguayo” con cosas cotidianas como el mate amargo compartido, el asado de la reunión familiar o de amigos, la torta frita (al parecer heredada de la gastronomía gallega), y otros ritos paganos que conocemos y practicamos desde que tenemos uso de razón. Son hábitos que no se diferencian sustancialmente de otros muy similares que se practican del otro lado del río, pero que, para nosotros, desde nuestra íntima cosmovisión, tienen un carácter netamente “uruguayo”, un término que sí nos es exclusivo y que utilizamos con marcada preferencia respecto a término “nacional”, que nos resulta presumido y no nos identifica. Para nosotros, somos un país, no una nación.
Con una finalidad de sencilla crónica, con cierto aire “periodístico” si se me permite el atrevimiento, se enumeran tres elementos que, a juicio de quien escribe, marcan un sello sustantivo en la conformación de la “uruguayez”, los cuales no excluyen otros que también pueden ser de significación, son, de alguna manera, los trazos básicos del “dibujo” social de ese sentido de nacionalidad que nos caracteriza:
La influencia de la inmigración: Lejos de la frase repetida, con cierto aire eurocentrista de que “los uruguayos venimos de los barcos”, no cabe duda que la impronta inmigrante forma parte de lo que genéricamente se denomina ADN de la conformación de nuestra idiosincrasia y nacionalidad. Desde las preferencias en la vestimenta y las costumbres gastronómicas hasta algunos modismos idiomáticos.
Como sucedió con otros aspectos referidos a la cultura, los inmigrantes también trajeron su música a estas tierras, así, tonadas, estilos y prácticas, tanto de ejecución de instrumentos como de canto y de danza, se entremezclaron con las oriundas y comenzaron a amasar nuevos sonidos. También trajeron prácticas respecto a las formas de ejecución instrumental, así como de los ámbitos en que la misma se efectuaba.
La consolidación del modelo republicano: Como desenlace del levantamiento de 1904, la victoria del ejército uruguayo, del gobierno electo, sobre las huestes insurreccionales, puso fin al último de una sucesión de levantamientos por reivindicaciones, fundamentalmente de carácter político, que habían pautado la realidad uruguaya a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX. Los prolongados períodos de levantamientos armados mantenían mano de obra ocupada en los menesteres de la guerra, al tiempo que las transacciones comerciales y la actividad económica en general, sufrían períodos de estancamiento e inmovilidad. El nuevo siglo traería la conformación de un perfil socio político que distinguirá al país, no solo a nivel de la región, sino que será señalado como referencia a nivel internacional.
Dotado de esa impronta contradictoria que tienen los movimientos y doctrinas disruptivas, el ideario y la acción batllistas caminaron siguiendo esa senda, plagada de recodos, interrupciones y aceleraciones, marchas y contramarchas, cruzándose y abrazándose con los hoy correligionarios y mañana adversarios. A poco de acomodarse en el sillón presidencial le estalló un levantamiento armado que no dudó en enfrentar con energía, poniendo todo el aparato militar del Estado para sofocarlo hasta provocar su rendición incondicional. Pero sobre las cenizas propuso una paz a partir de la cual se comenzaría a construir un nuevo tiempo, con tanta firmeza como astucia y visión de futuro, planteó y se propuso que no habría más enemigos sino adversarios políticos y que las armas, las levas de paisanos y soldados, debían dejar paso al imperio de la discusión y el acuerdo político, la Constitución y las leyes.
Con la misma firmeza que defendió la legitimidad de la propiedad privada, el batllismo lideró la marcha de los sectores populares por la obtención de derechos laborales y justicia social, así fue que se consolidaron leyes de estatura mayúscula, como fueron las de la jornada de ocho horas, la prohibición del trabajo de los menores, la ley de la silla para la mujer embarazada, la de la reglamentación del trabajo del peón rural y otras del estilo.
Desató polémicas y oposiciones de diferente magnitud, algunas de las cuales llegaron a las diatribas más ácidas, se separó definitivamente la Iglesia del Estado, se sacaron las imágenes religiosas de los hospitales públicos, se aprobó por la ley el divorcio por la sola voluntad de la mujer, y otras del estilo. También llevó adelante un proceso que se extenderá por décadas, mediante el cual los servicios públicos pasaron al Estado y se crearon empresas estatales en actividades como las financieras, con bancos y compañía de seguros con capitales nacionales, para competir fuertemente con el capital extranjero.
La “monarquía” de la “reina política”: Ardió la hoguera social que acompaña al cuestionamiento de determinados privilegios y la eliminación de algunos “derechos adquiridos”, pero efectivamente las armas y las levas desaparecieron de la escena, o, al menos, perdieron relevancia. Comienza para el Uruguay el tiempo de las disputas políticas, las discusiones parlamentarias, los procesos de reformas constitucionales, la sucesión de eventos electorales.
En más de ciento veinte años de historia, los períodos de interrupción institucional, sumados entre sí, no llegan a abarcar dos décadas y se dieron en dos períodos diferentes. Aún frente a la represión y la persecución más dura, fenómeno que se dio durante la última dictadura, en el período 1973/1985, los uruguayos manifestaron su resistencia a la opresión, dándose hitos históricos que causaron asombro y reconocimiento mundial, como el triunfo del “NO” a la propuesta de reforma constitucional de la última dictadura, que pretendía institucionalizar el régimen.
Como otra arista de lo expresado en el párrafo anterior, los intentos de insubordinación llevados adelante en el desarrollo de “políticas armadas”, provenientes de la izquierda, no tuvieron el eco que les permitiera cristalizar sus proyectos políticos. Hubo un cuestionamiento fuerte a la situación de violencia que se desató en medio de la crisis socio económica, de carácter estructural, que sufrió el país desde los años sesenta. Finalmente, la gran mayoría decidió volver al cauce democrático e institucional.
La partidocracia, el “politicismo” y el apego institucional, también hicieron sonar su “música” y se identificaron con el cancionero uruguayo, así como con otras expresiones como el carnaval, el teatro y la literatura. La imagen posterior muestra a la figura del líder del Partido Nacional, Wilson Ferreira Aldunate, de gorro murguero, intentando acompañar con los platillos el canto del coro de una agrupación carnavalera. Es toda una señal, se trata de una primera figura de un partido político que tiene en su seno fuertes sectores conservadores, vinculados al latifundio, pero se lo ve participando de una de las más genuinas expresiones populares de los uruguayos.

El fútbol
Uruguayos campeones
de América y del mundo,
esforzados atletas que acaban de triunfar;
los clarines que dieron las dianas en Colombes
más allá de los Andes volvieron a sonar.
Omar Odriozola, murga Los Patos Cabreros
“Así como el primer traficante de esclavos, John Hawkins, fue inglés, fueron ingleses también los primeros magníficos protagonistas del fútbol, del rugby, del beisbol, del “Curling”, de las bochas, del hand ball, del squash racquet, del waterpolo, del golf, del polo, del remo, de la navegación a vela, de la natación, del atletismo, del boxeo, del badminton, del tenis, del hockey sobre hielo y hierba, del canotaje. De esa forma describía el escritor y periodista Franklin Morales, los orígenes del fútbol, conjuntamente con otras disciplinas, en tanto deporte y parte sustancial de la cultura física, que considera es hija del pensamiento liberal del siglo XVIII y del capitalismo como estructura socio económica.
Los inicios de la práctica en Uruguay se dan en el marco del proceso inmigratorio que ya fuera descrito, la llegada de ingleses al Río de la Plata, y más específicamente al Uruguay, fue parte del mismo, aunque en menor medida que la mediterránea. Fue determinante la instalación del ferrocarril en la región, dado en el contexto de su expansión a nivel global, como medio de transporte, tanto de carga como de pasajeros, que agilizaba el tránsito, abarataba los costos y se ajustaba mejor a la dinámica que la producción industrial exigía. En Uruguay, fue establecido por la compañía inglesa Central Uruguayan Railway.
“Los ingleses locos del ferrocarril”, que así lo describían las crónicas de la época, entre otras prácticas, también comenzaron a jugar a ese deporte que consistía en correr tras una esfera, la cual era una especie de vejiga de cuero, la que debía ser manejada con los pies y, eventualmente con la cabeza, quedando especialmente prohibido tomarla con las manos. Era una práctica en principio caótica, de “todos contra todos”, sin ningún tipo de orden ni reglas.
Muy pronto, la disputa de partidos, en predios específicamente destinados para ello, una vez finalizada la jornada de trabajo, se fue haciendo una rutina insustituible, los uruguayos agregaron el “condimento” de utilizar, en ocasiones, una pelota confeccionada con diferentes materiales de desecho, denominada “de trapo”, como forma de abaratar el costo del balón. Aquello fue el germen de la conformación de equipos más estables.
Había nacido un hijo pródigo de la aún niña nación, que estaba encontrando en esa práctica, que estaba al alcance de todos, sin excepciones de clase, posibilidades económicas ni límite alguno, un elemento común e identificatorio que hacía confluir toda la vorágine de la catarsis colectiva en un grito casi mágico: ¡el grito de gol! Se estaba conformando, además, un poderoso culto laico y pagano, en el seno de una sociedad, en términos generales, poco inclinada a la religiosidad practicante que caracteriza a los demás pueblos de la región.
La época de oro: Entre 1924 y 1950 se suceden triunfos internacionales del fútbol uruguayo, amateur hasta la década del treinta y profesional posteriormente. En ese período la selección uruguaya obtiene dos campeonatos olímpicos y dos mundiales, siendo la más laureada del planeta en la primera mitad del siglo XX. No lo sabía aquel grupo de jóvenes, ninguno de los cuales había subido a un barco en su vida, cuando partieron rumbo a París a disputar las Olimpíadas de 1924, que estaban poniendo los cimientos a uno de los bastiones más sólidos de la uruguayez.

José Leandro Andrade y Obdulio Varela, dos íconos de la mejor historia del fútbol uruguayo
En efecto, “la celeste” comenzaba su periplo de gloria a través del tiempo, pero, aún cuando luego de 1950 los triunfos internacionales empezaron a escasear, la fuerza del ícono no se perdería, manteniéndose viva y latente hasta nuestros días, surcando en esta tercera década del siglo XXI, el espacio virtual, como símbolo de linaje de campeones.
Se trata de un “rara avis” de misticismo manifiesto, en el seno de una colectividad bastante poco afecta a las evocaciones místicas y sumamente apática respecto a la simbología patriótica. En efecto, la mayoría de los uruguayos utilizan con frecuencia el modismo “si Dios quiere”, pero un escaso porcentaje de la población es practicante de alguna religión. Respetamos los símbolos patrios, pero no todos cantamos el himno en los actos patrióticos, tampoco hacemos reverencia manifiesta frente a la bandera y/o al escudo, pero hay un sentimiento que es compartido por un altísimo porcentaje de la población del país, la “celeste” es lo más grande.
En cuanto a la canción propiamente dicha, el género pagó tributo durante un buen tiempo, a la postura ortodoxa clasista y anticapitalista llevada como estandarte por la izquierda, fundamentalmente la de cuna marxista, en nuestro país. En efecto, actividades como el fútbol y el carnaval, en una visión originaria de la izquierda, se identificaban con una especie de “circo populachero” que el sistema dominante utilizaba para “idiotizar” a la masa. Era una evocación a aquella máxima adjudicada a la imposición ideológica del Imperio Romano, de ofrecer al pueblo “pan y circo”. De esa manera se fue dibujando una postura “intelectual de biblioteca” que ponía distancia con los fenómenos masivos.
En determinado momento las cosas cambiaron diametralmente, el ostracismo y la mordaza impuestos por la dictadura fue un factor determinante, en el marco de la resistencia al régimen, particularmente en sus últimos años, el carnaval en general y las murgas en particular, fueron protagonistas de primera línea, puntos ineludibles de identificación del pueblo con los principios democráticos y factor de movilización. La consideración del fútbol como un tema que involucraba también de forma profunda y visceral, los más genuinos sentimientos populares, vino junto con esa especie de “apertura mental”, que llevó a la canción popular a tocar esos temas y a transformarlos en asuntos de fuerte y significativa presencia.
Conclusiones al presente preludio
Así somos los uruguayos, dentro de esos parámetros nos manejamos, como todas las comunidades de la tierra, mezclamos ternura, pasión, egoísmo, mezquindades, frustraciones, ilusiones y esperanzas que nos convocan hacia un futuro que anhelamos próspero, aunque dificultoso. Algún aforismo sostiene que, mientras otros pueblos son cultores de diversos gustos y preferencias, nuestra práctica por excelencia es la queja. Podría ser, en definitiva, es cierto que uno es el peor juez de uno mismo.
En sucesivas publicaciones de la serie, trataremos de ir descubriendo como creamos y cantamos nuestras canciones, de qué hablan, como suenan, que vivencias transfieren desde el interior del alma a la vibración del sonido.
Hasta la próxima entrega . . .




