LA RAMBLA A LA ALTURA DE CASAVALLE

"El flagelo de la delincuencia". "El grave problema de la seguridad". Quilómetros de letra y ríos de tinta, horas de discursos entre moralistas y fascistas. Han aparecido nuevos formatos del estigma: la baja de la imputabilidad, la "apariencia delictiva". Todo mirado desde la tribuna, como si no fuera un tema que nos compromete, que nos involucra, que está sucediendo en nuestra propia casa. Como si la vida de las comunidades debiera estar compartimentada, por un lado las salas residenciales, por otro, allá lejos y afuera, los baldíos nauseabundos y marginales. La del Braian es una historia tan ficticia como real y posible.

. . . Quién salvará a ese chiquillo

menor que un grano de avena

de dónde saldrá el martillo verdugo de esa cadena.

Que salga del corazón

de los hombres jornaleros

que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros

Niño yuntero/Miguel Hernández, musicalizado por Joan Manuel Serrat

El Braian está recostado contra un murallón grafiteado y mugriento, rodeado de otros integrantes de la tribu que circundan el tacho con fuego encendido en su interior, aspiran, pipean, entrecierran los ojos, alguna botella de contenido indefinible circula de mano en mano y ellos se escrutan casi sin decir palabras, cruzando monosílabos y expresiones de un dialecto propio que no figura en ningún manual. Anoche vio llegar del lado de las luces de Aparicio Saravia una moto a toda velocidad desde la que literalmente se arrojó a un loco ensangrentado de la punta de los pelos y la capucha hasta los championes deshechos. “¡Fondealo! ¡Fondealo chabón pelotudo antes que caigan los botones!”.

Hoy la noche parece más tranquila, pero se siente a lo lejos el ulular de las sirenas y algún que otro disparo perdido. En realidad, parece más tranquila, pero él sabe que el programa de la madrugada ya está planeado y definido y ahí tendrá que estar como tantas otras veces, así que verifica la carga del arma que embute entre las ropas y se levanta la capucha de la campera para que su rostro se disuelva entre las sombras de su interior y su silueta, ya sin rasgos ni identidad, marche decidida a cumplir el plan previsto.

Llegamos los pibes chorros

queremos las manos de todos arriba

porque al primero que se haga el ortiva

por pancho y careta le vamos a dar.

Aunque no nos quieran somos delincuentes

vamos de caño con antecedentes

robamos blindados, locutorios y mercados

no nos cabe una estamos re jugados

Llegamos los pibes chorros (Los pibes chorros)

La caseta donde vivía hasta hace algún tiempo estaba del otro lado de Carreras Nacionales, apenas recuerda los rostros de sus hermanos, aunque cierta nostalgia le invade cuando se le viene a la mente la imagen de su madre muerta, sobre la cama de cartones donde dormía, aquella fría noche de junio en que, pasando entre las piernas de algunos curiosos y varios policías pudo llegar hasta su lado para contemplar su cuerpo frío e inmóvil. Cierra los ojos con desesperación y se tapa el rostro con las manos manchadas de varios colores y quemadas por las pipas que la vida le puso a su alcance cuando la calle ya fue su único destino.

Ahora el sol del medio día le quema los ojos y aligera el paso desafiante sin sacar las manos de los bolsillos y escrutando con una mirada fría y breve cada figura y cada rostro que se le cruza, no busca amigos sino otras sombras del mismo deambular, no concibe afectos sino solamente alguna complicidad deshumanizada y despechada que sea la otra parte de sí mismo, esa que ahora le resulta imprescindible para cerrar el capítulo de la madrugada anterior y dejar abierta la posibilidad de un nuevo plan.

 Estoy pegado rejugado

hasta las manos ranchando con pibitos de mi palo

a los violines los hacemos nuestros gatos

los del pabellón VIP son refugiados.

Ahora estamos guardados no podemos zafar

la faca ya está afilada así que le vamos a dar

Tumberos (Yerba Brava)

Algún ortiva hubo eso es seguro, si no los canas no podían ir exactamente al lugar donde estaban encajonados desde hacía tres días, ya había vivido muchas cosas es cierto pero nunca tanto griterío histérico y tanto plomo rebotando contra todo, tantas luces fugaces atravesando el pequeño recinto, tantos gritos de dolor y tanto olor a sangre y a carne quemada. Después los empujones, las patadas y culatazos, el rosario de maldiciones y la promesa de una muerte segura en cuanto se apartara un milímetro de lo que se le ordenara.

Lo peor había pasado, después vino toda la ceremonia, la prensa enfocándolos de cerca para escracharlos en los informativos y las obvias puteadas de respuesta, el pasaje por el Juzgado, las confesiones a medias, la mirada y el tono desafiante y hasta algún gesto promiscuo a la joven y voluptuosa jueza que lo miraba con asco y desprecio. El pasaje por las frías y azulejadas piezas del hospital, las fotos del prontuario y acordarse de la hermana del cana que se creyó el dueño del mundo porque podía insultarlo y burlarse porque estaba esposado y agarrado entre cuatro.

Estaba convencido que la historia volvería a repetirse, que se integraría a una banda con conexiones hacia afuera, con reyertas internas de distinto calibre, seguramente algún tajo más o menos llevadero y el pasaje por la enfermería de la cárcel escondiendo celosamente su corte para cobrarse la deuda en cuanto pudiera. Revisar todos los días el plato de comida y dormir con un ojo solo procurando el mejor de los respaldos posibles y asegurándolo con una fidelidad de templario. Pero ahora está sentado plácidamente en el patio, casi diría que disfrutando de la calidez del sol del otoño y sintiendo que la cabeza la de vueltas y que ese giro no le pesa, aunque la confusión no lo abandona.

Trató de todas formas de asustar, degradar y hasta agredir a la minita esa, Mirna se llama, pero no hubo caso, terminó calmándolo y convenciéndolo todavía no sabe muy bien de qué. Pero sabe que vendrá y la espera, quiere volver a verla y conversar con ella; habían discutido mucho porque ella lo quería convencer de que se podía vivir de otra forma, al principio gritando y arrojando cosas y luego llorando, el Braian le había dicho entre insultos que se fuera, que lo dejara tranquilo, que estaba ocupado con cosas de él.

Todo lo tóxico de mi país

a mí me entra por la nariz

lavo autos y limpio zapatos,

huelo tierra pero también huelo paco

Hay un niño en la calle (Armando Tejada Gómez/Improvisación René Pérez)

 Mirna le dejaba siempre unos bizcochitos muy ricos y dulces que además de gustarle le aliviaban bastante el ardor que sentía permanentemente en la barriga, esa sensación de que tenía un vacío ardiente dentro del cuerpo que le provocaba un gran desasosiego. Pero empezó a ver la calma en los ojos de aquella muchacha que no era linda pero que le estaba haciendo ver otras cosas o, a lo mejor, las cosas de otro modo, pero era muy difícil, mucho más que enfrentar a los botones en un callejón o seguir la trenza para conseguir merca.

-¡No! No me obligues a hacerlo. -¡Claro que sí vos podés! -¡No quiero! No quiero mirar para atrás, ¡No quiero mirarme a mí mismo! –Pero por qué? Vos podés yo sé que podés. –Tengo miedo, me duele mucho, tengo vergüenza, ¡dejame tranquilo mina de mierda! De pronto los gritos quedaron atragantados sin poder salir de la boca, dejó de arrojar cosas contra puertas y paredes, los ojos se le extraviaron y no veía. No vio cuando Mirna le hizo al policía una seña para que no interviniera. No pudo contener el impulso de abrazarla y derramar un torrente desconocido de llanto sobre su cuello mientras ella llenaba su boca con una sonrisa muda y enorme y le apretó el abrazo como al hermano más querido.

Serena en mi confianza

confiada en que una tarde

te acerques y te mires,

te mires al mirarme

Estados de ánimo (Mario Benedetti)

 -Vos sabés que yo maté gente, gente inocente. –Sí, lo sé. –Podía haber matado a alguien de tu familia. –Sé que sí, y sé que si eso hubiera ocurrido te hubiera odiado con toda mi alma . . . Pero sé también que vos sos parte del mundo que me rodea, del mundo de la gente que me rodea quiero decir, no sos un auto o un tacho viejo que puedo prender fuego y tirar. -¿Gente yo? –Sí, gente vos . . . -¿Estoy enfermo? ¿Me puedo curar? . . . –Todos estamos un poco enfermos y todos nos podemos curar.

 A duras penas había aprendido muy poquito en la escuela así que ahora se asombraba viéndose escribir frases y haciendo cuentas para calcular la cantidad de madera que necesitaría para hacer ese banco o la arena para preparar la mezcla de aquel reboque. Los que estaban ahora con él hablaban muy poco, trabajaban en general callados y los temas tenían que ver siempre con la tarea, a veces con la familia, no siempre y muy pocas veces con cosas personales. Las demás referencias no existían, cada uno guardaba en su mirada el pasado que se intentaba sepultar; de a poco fueron compartiendo mates y pan casero, pasaron a ocupar otros recintos más limpios e iluminados, salían al patio y hacían deporte y paulatinamente todos fueron logrando salidas transitorias.

Se sentía mejor sin dudas y tal vez por eso aceptó sin bronca que un día Mirna fuera a despedirse, supo sin que ella se lo dijera que su trabajo había terminado. Le mostró una foto de su hijo y el Braian la contempló durante varios minutos sin decir nada. –Vos vas a tener una compañera que te va a dar hijos y vas a poder darle a ellos lo que no pudieron darte a vos. –Gracias por tu ayuda Mirna. –Está todo bien, pero acordate siempre que el mundo no es un jardín de rosas y hay que estar siempre preparado, que nuestro peor enemigo puede estar dentro de uno mismo, pero también está ahí el más fuerte de todos los apoyos.

Tenía presente ahora, mirando el informativo de la tele en el salón con los otros reclusos, aquello del jardín de rosas que no era y nunca lo sería. Se sucedían escenas de vidrieras rotas, vehículos chocados, muchachos arrestados tomados en primer plano al ingresar a los juzgados, se superponían discursos entre preocupados y muy furiosos de tipos con ceño fruncido hablando del “mayor problema que hoy enfrenta la sociedad”. “¡Los delincuentes andan sueltos y la gente de bien detrás de las rejas”! Escupía un veterano bastante calvo que lanzaba a las cámaras una persistente y penetrante mirada de odio. “¡Es el recreo de los criminales!”, vociferaba otro rodeado de decenas de micrófonos, alguno de los cuales le golpeaban el pecho y lo obligaban a retroceder algunos centímetros, pero sin dejar de mirar la cámara.

¿Por qué siempre les hacen nota a los mismos?, pensaba el Braian sin llegar a entender todavía demasiado el mecanismo. Recordaba aquello que le había dicho Mirna, que él era una persona y no un auto o un tacho viejo y no sabía por qué se le había venido a la mente esa imagen escuchando a un entrevistado que juntaba voluntades para sacar el ejército a la calle y se imaginaba los tanques metiéndose por los callejones y pasillos peatonales del barrio. Al rato otro proponía que una parte del gobierno se instalara en Casavalle pero el tipo en realidad tenía cara de rambla, de la rambla que va desde el Parque Rodó hacia el este y muy poca pinta de haber pisado alguna vez siquiera las orillas de Casavalle o alguno de los barrios linderos.

Esa noche la luna brillaba como pocas veces y la luz plateada atravesaba con su foco potente los vidrios de la ventana que, aun siendo pequeña, era bastante más grande que los “ojitos” enrejados de los primeros pabellones que le tocó habitar cuando llegó a la cárcel. “. . . Un hijo . . .”, pensó el Braian sintiendo la voz del silencio circundante y se fue durmiendo de a poco pensando en la tarea que al otro día tendría y en la actuación de la murga, en la que se destacaba en la cuerda de los segundos, que sería en la tardecita para los familiares que irían a visitarlos. “

. . . En esa oportunidad, se discutía sobre la posibilidad de que una situación de justicia existencial concreta, pudiera conducir a los hombres concienciados por ella a un “fanatismo destructivo” o a una sensación de desmoronamiento total del mundo en que éstos se encontraban”

 Pedagogía del Oprimido (Paulo Freire)

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