“Me había bajado recién del tablado y nos íbamos caminando con mi hermano, entonces sentimos que nos gritan ¡negro!, claro, nos dimos vuelta los dos”. Si ese relato, que recoge palabras del mismo Rada, se hubiera publicado en Inglaterra, el editor seguramente tendría que afrontar una demanda por discriminación. Porque los ingleses del siglo XXI descubrieron que existe el racismo, después de acumular enormes capitales con el tráfico de esclavos durante dos siglos, pero en Uruguay la identificación no es discriminatoria, a menudo encierra mucho de cariño y complicidad.
Contaba que nació más en la zona de Palermo, porque su padre era tocador de Ansina, pero era sobrino de los dueños de Morenada, los Silva, así que la célebre comparsa lubola fue su cuna artística, cuando el pequeño Ruben contaba con apenas diez años. Ahí surge el apodo de “zapatito”, que algunos atribuyen al tamaño de su pie, pero creo haberlo escuchado contar que fue porque, para cantar en el tablado, usaba los zapatos de su padre a falta de unos propios adecuados. A los quince años se integra a la murga La Nueva Milonga, ya en ese nuevo marco aparece, además del percusionista, el cantor, histrión, payaso y hasta medio acróbata si era necesario. Al poco tiempo, cantó en la orquesta tropical candombera Cubanacán de Pedro Ferreira. Poco después, a los 17, ocupó por primera vez un rol protagónico sobre el escenario y llegó un nuevo seudónimo: Richie Silver, la voz solista, identificada en ese momento con el término “frontman” de la banda de jazz Los hot blowers. Ahí aprendió a “cantar” en inglés, reproduciendo el sonido de los temas desde su fonética, sin tener la menor idea de lo que decían las letras.
En la década de 1960 fue cofundador del candombe beat, que procuró adaptar el ritmo afro uruguayo al floreciente rock and roll, pero fusionado con el soul y el jazz, en agrupaciones en las que cocinó a puro talento, menús exquisitos junto a otros fenómenos. En El Kinto se encontró con Eduardo Mateo, Urbano Moraes y otros. Después llegó el momento del Totem, con Eduardo Useta, Enrique Rey, Chichito Cabral, Roberto Galletti y Daniel Lobito Lagarde, y más tarde gracias su estrecha relación con los hermanos Fattoruso, nace el conjunto Opa y su álbum Magic Time, de 1977, que lo acercó a figuras excelsas como Ray Barretto, Hermeto Pascoal y Flora Purim.

El Kinto trae el rock and roll floreciente al borocotó chas chas de Montevideo
Su carrera continúa en un sucederse de acontecimientos y circunstancias que ponen en un segundo plano las dificultades por las que atravesó, fundamentalmente económicas, andando “atrás del mango” y haciendo “cualquier cosa” para sobrevivir. Pero cuando se ponía a hacer música, y a cantar, rápidamente se distinguía; durante más de una década fue figura en Argentina, donde pasó a ser Rubén, con tilde en la “e”, con su grupo La Banda, siendo espejo de colegas como Lito Nebbia, Luis Alberto Spinetta, Charly García, León Gieco y otros. También anduvo por Méjico y por Estados Unidos, viviendo, en el sentido más amplio del término, y haciendo música de la mejor. Pero también fue referente y cantó junto a otras figuras del “barrio sudamericano”, como son los célebres casos de los brasileños Milton Nascimento y Djavan.
En los años noventa regresa y se establece en Uruguay comenzando una nueva etapa signada por producciones musicales de difusión masiva y sumamente exitosas. El mito viviente ya estaba conformado, muy a su pesar, era una figura indiscutida, aunque se mezclara en la tribuna con la parcialidad de Peñarol o se tirara a disfrutar del sol una tarde cualquiera en al Parque de los Aliados. Muy a la uruguaya, los montevideanos lo reconocían, pero nadie interrumpía su tranquilidad y privacidad, a lo sumo, levantando la mano le soltaban un “Hola Negro”.
En algún reportaje afirmaba que él era algo así como un artista de varieté, porque le “hincaba el diente” a lo que saliera, por eso llegó a cantar canciones románticas de Leonardo Fabio, Angélica, la samba de Robeto Cambaré popularizada por Los Charchaleros, o Esta tarde vi llover de Armando Manzanero. Desde mi más pura adolescencia, lo recuerdo al frente del Totem, haciendo percusión con dos palitos de escoba con chapitas de refresco aplastadas clavadas, a modo de pandereta, y arengándonos: “A ver esa borregada, porque no bailan bo”, y a pura capela comenzaba a entonar el riff impactante de Malísimo, que iba subiendo a la tercera, luego a la quinta y terminaba en la octava. Pensemos en un Rada de menos de treinta años, ¡una topadora!
El lenguaje de la canción
¿Existió un estilo Rada? Podría ser una hipótesis de trabajo, pero vamos a quedarnos con evocar algunas de sus características principales. Una vez dijo que solo se arrepentía de una cosa en la vida, no haber aprendido música, alguien le dijo que así estaba bien, si no se hubiera vuelto un rompe insoportable. En efecto, lo de Rada era todo oído y energía creativa, pero cultivando calidad, impregnándose de la categoría de los músicos con los que trabajó, podrían citarse muchos, Pedro Ferreira, Ermeto Pascoal, Panchito Nolé, Bachicha Lencina, Eduardo Mateo, Eduardo Useta, el “Lobito” Lagarde, los hermanos Fattoruso, y habría que agregar a los argentinos y brasileños ya nombrados, más los norteamericanos. Perfectamente puede decirse que donde estuvo absorbió y transpiró música, la respiró y exhaló de forma constante.
A propósito de su musicalidad, es interesante lo que expresa el tecladista Gustavo Montemurro en una nota publicada por La Diaria, decía que llegaba con toda la música adentro de su cabeza y lo que el músico hacía era transformarla. Computadora mediante, trataba de darle estructura, de que sonara. Rada le describe todo lo que va sintiendo, por ejemplo, “que el bajo que haga así’ y le canta la línea de bajo o el beat de la batería. Montemurro aporta tecnología y teclado, pero trabaja sobre la base de lo que Rada ya tiene elaborado en su cabeza, porque, afirma, siempre tiene muy claro lo que quiere.
Pero no pensemos que se trata de villancicos o cantitos de un par de tonos y una melodía lineal, hablamos de toda una orquestación, el “vestido” musical de una canción que, en algunos casos, contiene complejidades que son desafíos para cualquier músico, como puede ser un tema en compás de siete por ocho, o un ritmo con permanentes cortes y contratiempos, que salga del esquema “cuadrado” convencional.
La voz es el instrumento de Rada, a partir de su entonación surgen los riffs y se derrama el swing más cautivante, a la vez, el manejo del tiempo es metronómico, las entradas, sean llanas o a contratiempo son exactas, y para nada sencillas en algunos casos. Rada utilizó con frecuencia la técnica del “scatting”, que consiste en desarrollar un solo instrumental cantando mediante sonidos o palabras sin sentido, algo que utilizaba Louis Armstrong en algunas composiciones. En el final de Biafra, su voz aguda reitera algo así: “neia neia cubaya nagazá”, otro caso es el de Descarga, que inicia el canto con un enigmático: “saia loque teia sudescangayá”.
Respecto a la voz, una de sus marcas propias es el “gorgojeo”, esa especie de susurro silvestre, mezcla de ruidos animales y viento entre los juncos, un murmullo sonoro que rodea la armonía y las líneas melódicas. Este recurso es sin duda un signo propio, como los agudos y falsetes de Milton Nascimento, los graves profundos de Zitarrosa o el “desgarro vocal” de Joe Coker. Una muestra exquisita de este recurso aparece en una versión que descubrí no hace mucho, del tema Todas las tardes del sol, todas las noches del agua, que interpreta con su autor Fito Páez.
Otro aspecto a destacar es la ruta de la canción de Rada, la misma va por fuera del canto de “protesta” o denuncia; él mismo contaba que, ante el requerimiento de Zitarrosa a propósito del tema, le manifestó que no creía estar capacitado para hacer ese tipo de canciones y “no quería hacer demagogia”. Hablaba de que, en determinado momento a la salida de la dictadura, hablar de libertad, justicia y esos temas, arrancaba aplausos fáciles, pero él no quería especular con ese recurso. Tampoco sus temas incursionaron en el “laberinto” existencial y metafísico que caracteriza a algunas letras del rock rioplatense. Respecto a esta variante decía, literalmente “no terminé la escuela y aprendí muy poco por sinvergüenza”.
Claro, él estaba “de cara” a la calle, al barrio y su gente, tal vez por esa razón fue por el lado del “ruido de la calle”, con honestidad creativa y estética, recorrió ese camino, incorporando insumos de cuanto estilo escuchó e integró a su acervo y lo desarrolló con honestidad, sensibilidad y la mejor calidad artística. Pero la calle fue para él, todas las calles, no solo las de su Montevideo natal, fueron las de todo el Uruguay, las de Buenos Aires, Méjico, los rincones de Estados Unidos que recorrió. La calle con sus ruidos, con sus olores, su crueldad y también su ternura, la calle donde vive y se mueve la gente.
Quienes más lo conocieron y tuvieron un contacto más cercano con él, coinciden en aspectos que tienen que ver con su condición humana. Nunca se olvidó de dónde venía, llevó con hidalguía y exento de cualquier rencor la pobreza y las limitaciones de la infancia; decía haber tenido la suerte de recibir de su hogar valores, aún desde la pobreza, y los cultivó a lo largo de su existencia. Hay destellos de sus letras que exhiben esa cualidad y lo “enraízan” con la mejor tradición, en “Mi país” dice: “. . . y en el zaguán, besar la novia que un día dará hijos al país. . .”

Pero tal vez el sello distintivo de la obra de Ruben Rada sea, rotundamente, la ALEGRÍA, la alegría como propuesta y mensaje, si no sonara presuntuoso para su estilo desempacado y manifiestamente iletrado, se diría que es casi como una doctrina y una filosofía de vida. No es en absoluto, la alegría boba del pasatiempo cholulo, ni el “cantá, saltá y no pienses”, era un artista que tenía muy en claro determinados principios, hablaba con conocimiento de, por ejemplo, Malcom X y Martin Luther King, o de los errores de Maduro. Pero la vía de comunicación que él transitaba, casi como un acto reflejo, era la de la mirada positiva que da la alegría genuina, esa que parte del agradecimiento por el milagro de la vida, esa que le hace bien y realiza a las personas sencillas.
El pasado lunes 24 de agosto, a eso de las diez de la noche, mientras buena parte del Uruguay vivía a pleno la parte bullanguera de la nostalgia, su espíritu inquieto, atrevido y audaz, salió subrepticiamente del sanatorio donde estaba internado. Buscó hasta encontrar y contrató a un par de cazadores de perdices que bebían tranquilos, ajenos al glamour nostalgioso; al rato, cuando ya tuvo en sus manos las presas, regresó a la sala de internación a preparar el banquete para el jueves 26, quedó pronto para saborearlo
- Pero con vino tinto
- pero con vino tinto y pan
- pero con vino tinto
Julio Rapetti




