El templo egipcio
A efectos de facilitar su estudio y tratamiento, la historiografía tradicional ha dividido la historia del Egipto Antiguo en varios períodos, a saber: período arcaico, antiguo, medio, nuevo y tardío, incluso algunos consideran períodos intermedios. Más allá de las diferencias que puedan analizarse entre ellos, hay un cerno común que los identifica y que, de forma indeleble, marca la esencia de esa cultura.
Estos aspectos fundamentales se pueden caracterizar por la rígida centralización del poder en el Estado, personalizado en la figura excluyente del Faraón, dios viviente que, aún después de la muerte, permanece en su rol de guía y conductor. Esta centralización se extiende a la administración, el manejo absoluto del ejército y de la economía; algunos analistas llegan incluso a calificarlo como un “socialismo de la antigüedad”, haciendo referencia a su manejo ilimitado y arbitrario de la economía, es decir, de la producción agrícola, desarrollada en función del aporte y manejo del caudal del río Nilo.
Ese poder estatal omnímodo, está ligado al poder religioso, las jerarquías sacerdotales formaban parte de la corte del faraón, de su círculo más cercano y privilegiado, y manejaban la fe y el dogma en función de esos mismos intereses. De esa forma, la cosmovisión de la cultura egipcia, puede graficarse casi a la perfección dentro de una estructura piramidal, cuyo vértice lo ocupa la figura faraónica y la base está conformada por la mano de obra esclava.
Ese poder absoluto y centralizado del Estado, se expresa claramente en la monumentalidad, tanto de su arquitectura como de la estatuaria. Ese rasgo se apuntala con el denominado hieratismo, es decir, la solemnidad y frontalidad de la figura que, es un mecanismo iconográfico, lleno de un simbolismo que brinda y exige respeto y distancia.
El sistema constructivo se basó en el empleo de sillares de piedra tallados en grandes bloques y fuertes sostenes con la utilización de columnas robustas y poderosas. Los tipos constructivos básicos fueron el templo y las tumbas, los cuales compartieron espacio y presencia con las obras de ingeniería. Estas últimas eran básicamente presas y embalses para canalizar las aguas del río Nilo, de forma de poder manejar su curso y fuerza hidráulica para fines productivos y logísticos.
El ícono más trascendente de la arquitectura egipcia lo constituyen las tres pirámides monumentales, Senefru, Leops y Kefrén, tumbas monumentales, el único ejemplo sobreviviente de las llamadas “Siete maravillas del mundo”. Además de su valor estético, son un ejemplo del dominio de la técnica y las ciencias y matemática aplicadas al arte. Son, además, una muestra de un elemento característico del estilo, el de la pared inclinada o de forma de “talud”, que también se observa en los pílonos de los templos.
Los templos estaban dedicados a los dioses, tales los casos, por ejemplo, de Karnak o Abu Simbel, contienen una gran carga simbólica, el tamaño, la armonía y la funcionalidad de sus espacios, son signos claros de ello. Los arquitectos reales, con sus conocimientos de física y geometría, proyectaron y dirigieron las edificaciones y organizaron el trabajo de multitudinarios grupos de artistas, artesanos, trabajadores y esclavos. Estos últimos se encargaban del transporte de las piedras desde las canteras de Asuán y de la colocación de pesados obeliscos monolíticos de granito o colosales estatuas.
También se construyeron grandes palacios para vivienda y fausto del faraón, pero, atendiendo que la vida terrenal era menos importante que la de ultratumba, estas construcciones no eran construidas en piedra y no han tenido la misma duración que tumbas y templos. En efecto, las viviendas en general eran construidas con materiales naturales como piedra, madera y cañas, que se encontraban en el entorno. Como eran de un tipo perecedero, no han sobrevivido al paso del tiempo.

Planta y alzado de un templo egipcio
Las imágenes precedentes ilustran sobre el modelo tipo de templo egipcio, indicando sus elementos básicos; dos detalles ilustran sobre la magnitud, majestuosidad y simbolismo de la construcción. En primer lugar, la longitud total del templo, desde su entrada hasta el fondo del último recinto, en algunos casos alcanza los 260 metros. Además, la altura de la puerta de ingreso tenía una altura que podía llegar al triple de la del final de la construcción, con lo cual se producía un efecto visual de mayor profundidad de la real.
La construcción en sí, estaba precedida por un espacio abierto llamado Avenida de las Esfinges, se trataba de un sendero flanqueado por imágenes de animales sedentes. Se ingresaba al templo a través del Pílono, un portal conformado por dos pirámides truncas a los costados, con paredes en forma de talud, y unidos
por un dintel recto. La entrada podía estar ornada con obeliscos, columnas de tamaño mayor, rematadas en una pirámide, referencia central de la iconología egipcia.
El interior de la construcción se dividía en tres partes: tras el pílono aparecía la Sala Hipetra, recinto con un pasillo central flanqueado por dos naves de hileras de columnas; a continuación, comenzaba la Sala Hipóstila, recinto lleno de columnas, calificado por algunos como “selva de columnas”. Finalmente, se llegaba a un salón cerrado, el Santuario, lugar que contenía la imagen de la divinidad a la cual se consagraba el templo.
Hay un fuerte vínculo entre la estructura física de la construcción, su simbolismo y, por este medio, con la ceremonia prevista por la liturgia. En la Avenida de las Esfinges y hasta el pílono, podía acceder toda la gente, el traspaso de la puerta de acceso se reservaba a un grupo selecto de sacerdotes, altos funcionarios civiles y militares y la corte del faraón; esta restricción aumentaba para ingresar a la Sala Hipóstila, en tanto que, al Santuario, solamente accedía el faraón.
De lo expuesto surge que la participación humana en el ritual, se ceñía estrictamente a la estratificación social que era parte de la organización institucional del poder imperial. La distribución del espacio estaba regida por los límites sectoriales establecidos y, presuponen, al menos en lo formal, una tácita aceptación a esa especie de “orden natural”, que en realidad era disposición humana mantenida por la fuerza coercitiva del poder del Faraón, institucionalizado mediante el Estado.
El frente de los templos estaba, en la mayoría de los casos, ornados con estatuas monumentales que eran esfinges retratos del faraón; igualmente, las paredes y columnas estaban ricamente decoradas por bajo relieves que narraban escenas de los dioses y también de la vida cotidiana.

Detalle de columnas de la Sala Hipóstila y estatua retrato del faraón Ramsés ll
El templo griego
Consolidada la supremacía del pueblo heleno hacia el siglo VII anterior a la era cristiana, esta civilización comenzó a imponer su modelo cultural, considerado a nivel integral, sobre toda su área de expansión e influencia, es decir, toda la cuenca del mar Mediterráneo oriental, con centro en el mar Egeo. De esa forma, el pensamiento y la filosofía griega comenzaron a desarrollar un dominio hegemónico, con ello, su arte tomó dimensiones que fueron más allá de la propia Hélade.

Sócrates, Platón y Aristóteles, el pensamiento griego se apropia de la Antigüedad occidental
La arquitectura fue una de las disciplinas en las que los griegos marcaron más fuertemente su identidad, dentro de un marco de variados modos arquitectónicos, que incluyeron también el teatro, la basílica y otros, el templo se destacó por su trascendencia. El Oikos le llamaron, término que podría traducirse como “casa de Dios”, hogar de la divinidad para ser honrada por su pueblo.
En efecto, el templo era el recinto en el que se guardaba la imagen de los dioses, así como las ofrendas que se entregaban en las festividades, toda la estructura que rodeaba ese recinto sagrado, y que forma parte de la construcción, obraba como una especie de “escenografía”, frente a la cual se desarrollaba el ritual de la ceremonia y era punto de concentración humana. El urbanismo griego contaba con dos grandes puntos de referencia o centros nucleadores, el Ágora o plaza pública y la Acrópolis, el santuario donde se concentraban los templos, esta última, ubicada en un punto más alto de la ciudad.
Para usar términos más coloquiales, podría decirse que el Ágora o plaza pública era el “patio de la casa”, ahí se reunía la gente a socializar, era sitio de ferias y de asambleas; la Acrópolis contenía un sentido más solemne y sagrado, era el “salón de gala” de la ciudad, accedía todo el pueblo, pero era lugar de recogimiento. En la Atenas del período clásico, se realizaba una ceremonia denominada “Marcha o peregrinación de las Panateneas”, las mujeres realizaban ese ritual ascendiendo por la colina de la Acrópolis, culminando frente al Partenón, el templo principal dedicado a Atenea, la diosa patrona de la ciudad.

En cuanto al templo en sí, se lo considera la construcción que más fielmente representa el sentido del equilibrio, uno de los fundamentos del pensamiento helénico. No procuran destacarse por la monumentalidad, como en el caso egipcio, sino por el equilibrio entre todas sus partes y la claridad conceptual de su proceso creativo. En su evolución, los arquitectos griegos tomaron un modelo básico y se dedicaron a cultivarlo y desarrollarlo, ahondando en la búsqueda sobre el mismo, sin diversificarlo a otros modos constructivos, con lo cual, creían poder llegar a lograr la perfección.
El modelo tomado para el tipo arquitectónico del templo fue el Megarón, de origen Micénico, del período arcaico de la historia de Grecia. Originariamente, era el recinto que servía de aposento al rey y su esposa, lugar resguardado y custodiado permanentemente, como correspondía a un pueblo caracterizado por su espíritu guerrero y sometido a enfrentamientos constantes.

A partir de ahí se convierte en un recinto sagrado, el témenos, donde se rendía culto a los dioses, las ceremonias y los peregrinajes. También podía albergar construcciones de uso práctico, como los «tesoros» o thesàuroi, resguardo de los regalos votivos ofrecidos por la ciudad o por simples ciudadanos. También incluía salas para los banquetes o hestiatòria y pórticos, los stoai. La entrada al área sagrada podía estar protegida por los propíleos o puerta de acceso. Estaban rigurosamente orientados en la dirección este-oeste, orientación que será mantenida por las iglesias cristianas hasta fines de la Edad Media.
El lugar central era la cella o naos, ahora denominada nave, recinto de la imagen divina, a la cual accedía solo el sacerdote supremo.
El templo se construía sobre una plataforma o crepidoma, sobre la misma, una serie de escalones, el estilóbato, a partir de él se elevan las columnas. El templo griego se diferencia de los posteriores templos romanos en que el griego no se eleva respecto al nivel del suelo sobre un alto podio, contando solo con escalinatas en cada extremo, los referidos estilóbatos. Pese a conocer el arco de medio punto, utilizaban el arquitrabado o adintelado, con cubierta a dos aguas, por lo que en los lados menores de las fachadas formaban un espacio triangular, un frontón llamado tímpano, que solía decorarse con esculturas.
Un elemento estructural e iconográfico esencial del templo griego son las columnas, la disposición de las mismas determina la clasificación de los tipos de planta del templo griego. Las modificaciones que se dieron en su distribución, marcan los puntos de referencia de la evolución del tipo arquitectónico templo. La imagen siguiente, ilustra sobre esa evolución, la cual atraviesa diferentes etapas, a saber: el templo Inantis, el próstilo, el anfipróstilo, el períptero, díptero y otras escalas intermedias. El nombre deriva de la estructura de planta, que evoluciona hasta rodear completamente el templo de una especie de “pantalla de columnas”. Este fenómeno le otorga a la construcción un efecto de transparencia, favoreciendo su interactuación con el exterior, a la vez que lo dota de una liviandad que no es posible notar en otros de estilos anteriores, como el caso del egipcio, caracterizado por su volumen y pesantez.

Otro punto interesante lo constituyen las correcciones ópticas efectuadas a la construcción. En efecto, los arquitectos griegos aplicaron una serie de imperceptibles correcciones ópticas para que resultara perfecta no solo la arquitectura sino también el aspecto de la misma. Estas correcciones ópticas que se descubren al medir los elementos arquitectónicos son las siguientes: el éntasis de las columnas, con lo que se aminora el efecto de concavidad de las columnas de lados rectos; la desigual distancia de los intercolumnios, siendo mayor entre las columnas de entrada a la cella, y más reducida en las columnas laterales; las curvaturas del entablamento y del estilóbato hacia arriba, para evitar el efecto de pandeo, de vencimiento por el centro y la inclinación de las columnas hacia adentro para impedir la sensación de caída y crear el llamado efecto piramidal. Igualmente, dieron una mayor anchura a las columnas de los ángulos, anulando cualquier presión de debilidad en ese punto.

Los órdenes arquitectónicos
Obsesionados en a búsqueda de la proporción y la armonía, en suma, de la perfección, los constructores artistas griegos se abocaron a la aplicación de la matemática, y dentro de ésta de la geometría, en la tarea concreta de la construcción.
El resultado de esa búsqueda, fue la definición de una serie de normas constructivas, de carácter orgánico e integral, que se conoce como los “órdenes arquitectónicos”. En la práctica, constituyen sistemas de proporciones que se aplican a todos los elementos de la construcción, a saber: dimensión del perímetro del templo; altura total del conjunto y cada una de las partes; altura y dimensión de radio de las columnas; distancias de los intercolumnios y otros detalles.
Además, se definen diferentes tipos de órdenes cuya conformación es diferente, así como su forma y aspecto, elemento claramente perceptible a la simple observación. Esto refiere, en el caso más notorio, a la forma de las columnas, su diferente tipo de basamento, de fuste y estilo del capitel, así como también a la decoración de los frisos, generalmente ornados con esculturas, como así también los frontones.
La imagen siguiente, ilustra sobre algunas de las características enumeradas.
El Partenón, dedicado a la diosa Atenea Parthenos, es considerado el modelo más acabado del estilo constructivo clásico, templo períptero y dórico, ubicado en un sitio preferencial de la Acrópolis de Atenas, albergaba en su interior la estatua criselefantina de Atenea, realizada por el escultor Fidias, en oro y marfil, de la cual no quedan restos. Ícono indiscutido del período dorado de la civilización ateniense, el punto más alto del clasicismo de la Antigüedad occidental.

La basílica cristiana
El día 27 de febrero del año 380 de nuestra era, por medio del Edicto de Tesalónica, el emperador romano de ese momento, Teodosio l, apodado el Grande, decretó que, a partir de ese momento, el Cristianismo se transformaba en la religión oficial del Imperio. Atrás quedaban siglos de una historia diversa y sufrida, desde el sacrificio del Nazareno, pasando por la cruel persecución por parte del poder imperial y luego un período de tolerancia, compartiendo el universo espiritual con otras creencias. Se iniciaba un período que, de forma cada vez más marcada e indeleble, se transformaría en el de la absoluta hegemonía del credo cristiano en todo el mundo occidental.
De esa forma, particularmente la Iglesia Católica, hasta el siglo XVII, se consolida como religión hegemónica en toda Europa, al tiempo que el cristianismo, junto a la filosofía griega y el derecho romano, deviene en base de la cultura de occidente. La Edad Media, a lo largo de su historia de mil años, vivió bajo la égida del poder de la Iglesia, excluyente factor de unidad cultural y espiritual de Europa, propietaria absoluta del conocimiento en todas sus variantes, desde la ciencia a las letras, juez moral y terrenal en contiendas de diversa naturaleza y hasta poder militar, colocándose al frente de la epopeya de las Cruzadas, entre los siglos XI y XIII.
Cuando llegó la hora de la expansión europea, primero hacia América desde fines del siglo XV y luego a los demás continentes, sobre el último cuarto del siglo XIX, la Iglesia también marchó al frente, junto al escudo, la espada y luego los cañones y la artillería.
Aspectos simbólicos del templo cristiano
El templo por excelencia de la Iglesia Católica, fue la basílica, nombre tomado de edificaciones homónimas, existentes desde el período clásico griego, que eran utilizados como edificios de justicia y administración. Su concepción espacial permitía el ingreso masivo de personas al interior, requerimiento básico del ritual cristiano, a diferencia de los politeísmos de la antigüedad, que utilizaban los templos solamente para guardar la imagen de las divinidades y las ofrendas. Como consecuencia de lo antedicho, la iglesia, de planta basilical, era considerada la “casa del Señor”, a la vez que lugar de encuentro y comunión entre los fieles.
El altar: Podría decirse que es el corazón y el centro sagrado de la basílica. Representa dos elementos básicos del ritual cristiano: el sacrificio de Cristo en la cruz y la mesa de la eucaristía, comúnmente llamada comunión, que es la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesús. De acuerdo al ritual más ortodoxo del credo, en rigor, la iglesia se construye para contener y albergar el altar. En torno a él, Dios reúne a la comunidad cristiana para cumplir con el mandato de Jesús en la última Cena. Esa “mesa sagrada”, se constituye así, en el objeto esencial del templo.
Esta significación y simbolismo, tiene una importancia fundamental en la conformación espacial del templo, ya que el altar tiene que ubicarse en un sitio estratégico que lo convierta en el centro de la atención. De alguna forma, la planta basilical es apropiada, desde su espacio físico, todas las miradas convergen hacia el altar.
Como se ha expresado, el tipo de planta es tomado de la basílica antigua. Dentro de esa categoría hay dos variantes, el tipo de cruz latina, de tres brazos cortos y uno largo y el tipo de cruz griega, con cuatro brazos igualmente cortos. En el primer caso, que es el más utilizado para la iglesia, estamos ante una planta de tipo longitudinal, con un eje central; en la segunda opción, se trata de una planta centralizada, tal como las plantas de perímetro circular.

Izquierda, planta de cruz latina; derecha: planta de cruz griega

Evolución de la basílica
Se denomina Paleocristiano al primer período en que la práctica religiosa cristiana comienza a ser autorizada por el Imperio y, puede desarrollarse libremente, ya no en forma escondida como lo había sido desde sus orígenes. En la medida que la Iglesia fue consolidándose, pudieron ser autorizadas las construcciones de las primeras basílicas, de hecho, fue en este período en que se adoptó la opción de tomarla como modelo. Las imágenes siguientes muestran las ruinas de un templo, de carácter rústico y sin decoración, la reconstrucción de un interior muy austero y el tipo de planta, longitudinal, aunque con brazos cortos muy acotados y rematada en una forma semi circular denominada ábside, que será usual en las construcciones de los siglos posteriores.
El período medieval
Fue en la Edad Media que se consolida el poder de la Iglesia,siendo el único elemento de unidad espiritual y cultural de toda Europa, sometida políticamente al sistema feudal basado en la fragmentación del poder. Durante la Alta Edad Media, período caracterizado por la vida rural, predominó básicamente la construcción de monasterios, para el recogimiento y refugio monacal. Hacia el siglo XI, con el paulatino renacimiento de la vida urbana, comienzan a construirse las basílicas, que se convertirán en una construcción esencialmente de carácter ciudadano.
El Románico fue el estilo que predominó entre los siglos XI y XII, de ese período han quedado construcciones que permiten analizar y reconstruir las principales características de sus basílicas. Eran edificaciones que conservaban el carácter rural y monástico del período anterior, pero, además, destino de peregrinaciones, en el marco de una apertura de las comunicaciones y el inter relacionamiento entre las diferentes zonas del continente. Estos centros de peregrinación estaban ubicados en un área que se extendía desde el norte del territorio español, en la actual Galicia, al norte y centro de la península itálica. El estaba en el territorio francés, particularmente la zona del Languedoc, en el sur de Francia, cuna de la cultura provenzal.
Predomina el tipo constructivo de tres naves, una central, generalmente del doble de ancho de las laterales, las cuales, además, eran de menor altura. El techo era de bóveda de cañón, sostenida sobre arcos de medio punto apoyados en columnas y pilastras. El tipo de planta más utilizado para las basílicas fue el de cruz latina, rematada en ábside, que rodeaba al altar y era el destino final y simbólico de las peregrinaciones. Las columnas expresaban una pesada robustez y, tanto en ellas como en las paredes de las fachadas, se observan esculturas en alto y bajo relieve, caracterizadas por el expresionismo, resaltando el profundo simbolismo de los tímpanos ubicados sobre la puerta de entrada principal.

Destino aún vigente de las peregrinaciones de la grey, la catedral gallega constituye uno de los íconos de la arquitectura del románico

Tímpano de la Basílica San Trófimo de Arlés, en el Languedoc francés, la imagen del Cristo Pantócrator, centro indiscutido del universo, rodeado de ángeles y demonios, custodios de las almas
El gótico es el estilo predominante en la Europa de finales de la Edad Media, prolongación y refinamiento del románico, a la vez que emisor de un nuevo mensaje de la Iglesia, en un ámbito en el que comenzará a despuntar el humanismo del período siguiente. Es el estilo del renacer definitivo de las ciudades, a tal punto que las catedrales góticas serán algo así como el “salón de gala” de la ciudad, las más importantes pugnarán por tener la propia, y todas dedicadas a la Virgen María, las célebres Notre Dame.
En cuanto a las basílicas, se continúa utilizando el tipo de planta de cruz latina rematada en ábside, lo que caracteriza a estas construcciones góticas es su alzado, la búsqueda de la verticalidad y la mayor altura posible. Una dimensión que se procura hasta lo que las lógicas de la física lo permiten y se acentúa con efectos visuales, mediante la utilización de recursos como los arcos apuntados y los remates en pináculos.
A diferencia de las iglesias románicas, la cubierta de las góticas no es de bóveda de cañón sino de la llamada bóveda de crucería, resultado del entrecruzamiento de dos bóvedas de cañón. Además, el arco no es de medio punto sino apuntado, producto de la intersección de dos de medio punto, cuyo origen proviene de oriente. El método constructivo se basa en la utilización de pilastras que sostienen las bóvedas y que trasladan el peso a pilares exteriores por medio de arcos de piedra denominados arbotantes.
La técnica constructiva permite que las paredes y muros externos, liberados de la absoluta responsabilidad de ser sostenes, puedan perforarse y, de esa forma, “transparentarse”, para que el interior gane en luminosidad. Este factor, a su vez, se acentúa con la utilización de los vitraux o vitrales, grandes ventanales con vidrios decorados con figuras a modo de puzzle, con trozos de vidrios de colores unidos por tiras de metal, una técnica que los artistas góticos también trajeron de oriente como parte de bagaje dejado por las Cruzadas.
La catedral gótica se caracteriza entonces por la altura, la verticalidad y la luminosidad, para algunos críticos, son la expresión constructiva del pensamiento escolástico, desarrollado por Santo Tomás en ese período final del medioevo, que procuraba conciliar la fe cristiana con el pensamiento clásico aristotélico. En tal sentido, el interior de las iglesias, con su luminosidad colorida, significaba la espiritualidad, en tanto el exterior, donde se observa el juego de pilares y arbotantes, representaría a la razón.

El esqueleto de las catedrales góticas, sostenes y bóvedas

Notre Dame de Chartres, ejemplo del gótico central francés, verticalidad y luminosidad

El Cristo misericordioso presente en la espiritualidad luminosa del gótico
El templo en la Edad Moderna
Hacia la segunda mitad del siglo XV varios procesos socio económicos y políticos se han consolidado en Europa y, convertido el continente en zona hegemónica, el modelo occidental comienza su expansión por todo el orbe. Son transformaciones que se dan en diferentes áreas y que se interconectan entre sí, dando lugar a la conformación de un nuevo sistema que continuará desarrollándose por varios siglos.
En el plano político, la monarquía ha logrado vencer definitivamente al sistema feudal, la materialización de esa victoria se logró mediante la alianza del poder económico con los reyes, que lograron conformar ejércitos lo suficientemente poderosos como para vencer el poder fragmentario de los señores feudales. El capitalismo, como sistema integral, con implicancias no solo económicas sino también sociales y políticas, se afirma como sistema dominante; en esta primera fase se centra en la actividad comercial y recibe el gran impulso de los metales preciosos provenientes de América que van a parar a las arcas de la banca europea. La monarquía, en su proceso de fortalecimiento, alcanza la plenitud con el Absolutismo, punto culminante en el que el monárquico se convierte en poder absoluto, por designio divino e impone y consolida la estructura del Estado moderno, centrado en su figura. Una frase, que pertenece al rey de Francia Luis XIV resume este axioma: “El poder soy yo”.
La estructura de la Iglesia Católica va a ser algo así como la “custodia espiritual” del nuevo régimen, a la vez que es la que justifica su preeminencia en nombre del “designio divino”. Este extremo influye directamente en el tema que nos ocupa, en efecto, tanto las nuevas monarquías como el propio Papado, competirán por dar más lujo y omnipresencia a su poder, ello impactará decisivamente en la construcción de iglesias y catedrales cada vez más fastuosas y monumentales.
El Renacimiento es el período que se extiende a lo largo de los siglos XV y XVI y tiene dos grandes centros de expansión: las ciudades puertos de la costa mediterránea de Italia y sus símiles del norte de Europa, en la zona de Flandes y Bélgica. Ambos lugares, emporios mercantiles, dominados por sectores de la alta nobleza, aliados a la monarquía, darán un gran impulso a las artes actuando directamente o a través de la práctica del “mecenazgo”, esto es, la acción de poderosos banqueros y comerciantes que invertirán fuertemente para contratar a los mejores artistas y dejar las obras más monumentales de su tiempo.
El estilo renacentista se caracteriza por la recuperación de los lineamientos del clasicismo greco romano, la revalorización de elementos como los órdenes arquitectónicos, los arcos y las bóvedas y la introducción de nuevos elementos en línea con el estilo proveniente de la antigüedad. Las ciudades italianas, particularmente Roma y Florencia, serán los centros de un gran desarrollo de las artes plásticas y, en particular, de la construcción de iglesias que se transformarán en símbolos del estilo, las cuales pueden apreciarse enteramente en este tiempo.

La iglesia de Santa María de las Flores, en Florencia, es uno de los símbolos del estilo arquitectónico renacentista, específicamente destinado a consagrar la vigencia del templo. Su elemento destacado es la cúpula de tambor, estructura se bóveda apuntada que se ubica sobre la intersección de los brazos del crucero. La figura muestra una sección de su estructura interna y su aspecto exterior, se encuentra rematada en una especie de templete, denominado linterna, que permite la entrada de la luz exterior. Tiene además el simbolismo de representar el universo, concebido como reino de Dios. La obra pertenece al arquitecto y escultor florentino Filippo Brunelleschi.
La construcción “central” del período, ícono de varias áreas, desde lo espiritual a lo estético, lo constituyó la Basílica de San Pedro de Roma, sede del Papado y centro neurálgico de todo el catolicismo. Su construcción se extendió desde el año 1506 hasta el 1626, abarcando tres estilos de la galería del arte occidental: el renacentista, el manierismo y el barroco. En ella trabajaron, entre otros, genios como Donato Bramante, Rafael Sanzio, Miguel Ángel Buonarotti y Gianlorenzo Bernini. Las imágenes siguientes, que muestran la planta final y su aspecto exterior actual, ilustran, muy parcialmente, sobre sus características principales.


A partir y durante el siglo XVII se desarrolla el estilo del Barroco, que compone un nuevo lenguaje a partir de la utilización de los elementos renacentistas, pero persiguiendo otras formas expresivas. El estilo rompe con el equilibrio del clasicismo anterior imponiendo nuevas concepciones estéticas: las formas se retuercen, los muros y columnatas se arquean, los frisos y arcos adoptan nuevas líneas y todo adquiere un aspecto general de complejidad.
El barroco se caracteriza por su aparente “desorden”, de ruptura de los límites y por la monumentalidad de su lenguaje expresivo, históricamente, convive con tres fenómenos trascendentes para la civilización occidental, a saber: la consolidación del absolutismo monárquico, el surgimiento de la Reforma religiosa que rompe con la unidad cristiana, el movimiento de la Contrarreforma católica y la “revolución científica” del siglo XVII. La iglesia como construcción también experimenta esas variantes, el arquitecto más significativo en ese aspecto es Francesco Borromini. Las imágenes siguientes corresponden a una de sus iglesias más significativas, la Iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes, ubicada en la ciudad de Roma.

Conclusión
En el presente se ha intentado resumir la evolución del templo dentro de la concepción cristiana y, específicamente, en el catolicismo, desde sus orígenes hacia finales de la antigüedad hasta la era moderna. Como se indicaba al principio, la construcción y sucesión de estilos de estas edificaciones se ha continuado, recibiendo los aportes de nuevas técnicas, concepciones estéticas, materiales de nuevo cuño e innovaciones técnicas y tecnológicas.
Cerramos con dos imágenes que corresponden a construcciones eclesiásticas del siglo XX.

- Izquierda: Sagrada Familia de Antonio Gaudí, el expresionismo modernista en su máxima expresión
- Derecha: Notre Dame de Haut, el cubismo arquitectónico de Le Corbusier
Julio Rapetti




