Leviatán capítulo uno
Según el texto bíblico, el Leviatán sería una especie de bestia marina de enormes dimensiones, cuya presentación puede leerse en el Libro de Job, donde se lo describe como un tipo de dragón gigante que expulsa de su cuerpo, enormes bocanadas de fuego y emana densas bocanadas de humo espeso que fluye de su nariz. De acuerdo a algunos tratados, esta figura mística simboliza y encarna al caos, siendo considerado en los cultos satánicos como un integrante de la trinidad demoníaca junto a Lucifer y Belial. También algunos tratados lo identifican como la reencarnación de la serpiente que marcó el destino de Adán y Eva.
Saliendo del halo de la mística y yendo a una visión más real y materialista, si su presencia ha atravesado el tiempo y ha logrado mantener la vigencia hasta hoy, ello se debe a una razón bastante más concreta. En efecto, el mérito corresponde a la obra escrita por Thomas Hobbes en el año 1651, la cual le valió ser considerado uno de los pilares de la filosofía política moderna. Su trascendencia puede hacerse derivar del mérito de “trasplantar” un símbolo místico que atravesó la antigüedad y el medioevo, a la realidad histórico filosófica de los inicios de la modernidad.
Hobbes utiliza la imagen de Leviatán desde el punto de vista filosófico, para contraponerse a la tendencia del momento que decía que la política estaba determinada por la religión. Su mérito es haberla rescatado y reubicado en el “mundo concreto” y haberle otorgado valor por sí misma, retomando el legado aristotélico del clasicismo. Para algunos, con esta obra establece una “gran batalla” histórica contra la teología política en cualquiera de sus formas; es el quiebre, en el terreno político, de la hegemonía de la Iglesia, proceso que ya se venía dando en otros terrenos de las letras desde el surgimiento del humanismo renacentista.
El Leviatán se identifica con términos como república o Estado, que se concibe como una suerte de ser humano artificial, para quien la soberanía aparece como un alma artificial que le da vida y movimiento al cuerpo entero. Así, el Leviatán es, antes que nada, el individuo como materia, portador de la sabiduría, que establece una serie de pactos de acuerdo y concesión de poder que es lo que hace que sobreviva o perezca, en el marco de una doctrina llamada contractualismo. Sosteniendo su condición religiosa, Hobbes se preocupa por definir lo que es el reino cristiano, separándolo del reino de las tinieblas.
El contractualismo de Hobbes se remite al siguiente esquema, el contrato social es un pacto de sumisión para escapar del caos y la violencia del estado natural. Ese “estado natural” es la guerra de todos contra todos, llevada adelante por un ser egoísta y lleno de temores, define a la vida como “solitaria, pobre, brutal y breve”. Mediante el contrato, la persona renuncia a su libertad e igualdad absoluta entregando el poder a un soberano poderoso, el Estado, es decir, la encarnación de Leviatán. En realidad, se trata de una justificación filosófica del absolutismo monárquico, con el agregado de que el individuo renuncia también al derecho a revelarse.
Un siglo más tarde, en el medio del torbellino de las “nuevas ideas” de la Ilustración, Jean Jacques Rousseau retomará el modelo del contrato y le dará un giro de 180°, el estado natural del hombre sería algo así como el paralelo al paraíso cristiano, el poder no se cede, sino que se distribuye en una gran asociación basada en la “voluntad general”, y la democracia sustituye a la monarquía y el poder absoluto. Además, si el Leviatán se despierta y se le ocurre volver a las andadas, el pueblo podrá ejercer el derecho absoluto a la rebelión. Por la ruta de este viraje del concepto, John Locke le dio base doctrinaria a la monarquía parlamentaria que se impone en el modelo político británico a fines del siglo XVII.

Hobbes y Rousseau, cuando el contrato social sustituye al poder divino
Pero la cosa no quedaría ahí, hacia la segunda mitad del siglo XIX, en el proceso de la lucha por los derechos obreros en el marco del desarrollo del “capitalismo salvaje”, con Pierre Joseph Proudhom y Mijail Bakunin al frente, las ideas anarquistas le salen al cruce a la versión del estado que, de alguna manera, habían “maquillado” los pensadores de los siglos anteriores, y proclaman el rechazo a toda forma de autoridad. El siglo XX no se quedaría atrás, y hacia la década de 1970, Michel Foucault investiga desde una nueva óptica los mecanismos del poder, desarrollando una teoría refrendada por Gilles Deleuze, la cual cuestiona los fundamentos filosóficos asentados en el pensamiento de los primeros siglos de la modernidad.
En sus análisis de los mecanismos de poder característicos de la irrupción capitalista, Foucault puso en cuestión una serie de supuestos utilizados cuando se afronta el problema del poder. A su juicio, estos presupuestos recurrentes deben ser problematizados a fin de introducir un conjunto de giros críticos en la discusión sobre el poder. Entre esos presupuestos cuya puesta en duda reclama Foucault, se destacan:
-La sobrevaloración del Estado: Foucault insistió en que la teoría del Estado no agota “el campo de ejercicio y funcionamiento del poder” y cuestionaba la suposición de que el Estado es el lugar único de asentamiento del poder, fuente exclusiva de emanación de las fuerzas de dominación.
-La hipótesis represiva: Foucault cuestionó la habitual asociación entre el poder y la represión o la prohibición. Habla a menudo de “tecnologías de poder” que fundan realidades, que producen sujetos, que engendran formas de sociabilidad y de comportamiento.
–Tres modalidades de poder: el poder soberano, el poder disciplinario, gestión gubernamental (biopoder, seguridad y gobierno).
La línea histórica occidental
Como ha sido de rigor en la historia de occidente, el pensamiento sigue la línea de los acontecimientos, que siempre son producto de la dimensión y magnitud de los poderes en pugna. La historia occidental moderna, nos indica que, hacia finales del siglo XV, proceso que se afianza en el XVI, se produce el nacimiento del Estado moderno, y con él, el nuevo concepto de “nación”, es decir, el modelo que hoy en día conocemos. La forma de gobierno evolucionó, para marcarlo de forma esquemática y lineal en extremo, desde un inicio pautado por la monarquía absoluta, a la monarquía parlamentaria, basada en las leyes y las constituciones, y de este modelo hacia la república en la mayoría de los casos, aunque no de forma excluyente.
El modelo institucional, que comenzó a delinearse a fines del siglo XVIII y tomó su forma definitiva en el siglo siguiente, está sostenido por un fuerte parlamentarismo, sea éste de tinte tanto monárquico como presidencialista. La república se sustenta en el electoralismo y la búsqueda de la convivencia entre los diversos intereses que anidan en el seno de la sociedad, frecuentemente antagónicos y en latente riesgo de entrar en colisión. Todo ese panorama impregnado y determinado fuertemente por el sistema económico capitalista, de decisiva incidencia tanto en el plano político como social.
La primera mitad del siglo XX mostró hasta que punto, las contradicciones que el sistema contenía en su propia esencia, podían condicionar el objetivo final de asegurar la convivencia y la armonía. Ese período histórico fue testigo y escenario de dos tipos de fenómenos, de naturaleza y estructura diferente pero íntimamente relacionados entre sí. A saber, dos conflictos armados generalizados, que se desataron en el centro del capitalismo mundial y que impactaron, en mayor o menor medida, en todo el planeta; contemporáneamente, la aparición de fenómenos de crisis económica cuyo punto más álgido lo constituyó el episodio de la Gran Depresión, con epicentro en la Bolsa de Valores de Nueva York.
Al entrar en la segunda mitad del siglo, de los conflictos armados globales quedaba solamente el proceso de reconstrucción de los daños causados, la crisis económica se había licuado en favor de los intereses de una nueva potencia hegemónica. Así, con una Europa destruida y endeudada, los Estados Unidos de América coordinaron la recomposición del sistema colocándose como eje del mismo. A pesar de que el mundo se dividió entre la potencia indicada y otra sobreviviente de los conflictos, la Unión Soviética, al frente de un bloque socialista, los episodios bélicos se redujeron a conflictos puntuales y localizados.
El mundo entra en un período signado, en el plano internacional, por la recuperación económica apoyada en el crecimiento desmedido del comercio internacional, como nunca antes, y su impacto en la producción global. La prosperidad alentó y sostuvo el multilateralismo en las relaciones internacionales y la exaltación de valores como los derechos humanos, la libertad y la paz. En las políticas internas, un modelo basado en la búsqueda de acuerdos entre los diferentes sectores, práctica también sostenida por la prosperidad, y que permitió la extensión del denominado “Estado de bienestar” en buena parte del mundo occidental.
Hacia las dos últimas décadas del siglo, el capitalismo, que había gozado de los beneficios de la expansión y el crecimiento durante los treinta años anteriores, detecta determinados síntomas que anuncian problemas y son causa de preocupación. Los márgenes de ganancia comienzan a manifestar resentimientos, las relaciones comerciales se hacen más dificultosas, ha llegado la hora de efectuar algunos cambios. La alternativa que se impondrá será la paulatina imposición de un nuevo sistema económico, el neoliberalismo, que encontrará en dos centros del mundo occidental, Estados Unidos y el Reino Unido, a sus principales paladines. El tiempo del estado de bienestar estaba llegando a su fin.
El siglo XXI: el escenario de la agonía

La caída del Muro de Berlín se constituye en el episodio emblemático que marca el derrumbe del bloque socialista, que había sido construido por la Unión Soviética hacia finales de la segunda Guerra Mundial, episodio que la consagró como una de las potencias vencedoras. El hecho histórico constituye sin dudas, un quiebre en la realidad geopolítica que marca el final de un período de cuatro décadas de bipolaridad global, puntualmente, comienza a consumarse a partir del año 1989, culminando dos años más tarde con la disolución de la URSS. Una vez más, el mapa europeo entra en una especie de “batidora política” que lo reconfigura nuevamente.
El ataque a centros neurálgicos del poder económico norteamericano, bases de la estructura capitalista mundial, en la propia ciudad de Nueva York, también aparece como un episodio referente en la historia humana. En efecto, el 11 de setiembre de 2001, un comando, calificado por occidente como yihadista, realiza simultáneos ataques contra construcciones emblemáticas del poder norteamericano. Provocan la destrucción y posterior implosión de las Torres Gemelas, sede del complejo financiero Word Trade Center, una parte del edificio del Pentágono, centro militar imperialista, y fracasa en el ataque a la mismísima Casa Blanca, sede del poder político norteamericano.
Despejado el ambiente de la “humareda” provocada por las bombas y los escombros en derrumbe, la realidad comienza a mostrar algunos datos reveladores. Los atacantes, nuevos “agentes del mal”, sustitutos del “cuco” del comunismo, eran creación del propio poder hegemónico, además de socios relevantes en el mega negocio del petróleo. Por otro lado, en comparación con otros episodios ocurridos antes y después en otras zonas del planeta, reportó en realidad un costo humano muy reducido y no le provocó al estado norteamericano ninguna alteración en su funcionamiento.
El impacto en el pensamiento
El fin de la historia
Frank Fukuyama nació en Chicago en 1952, recorrió diversos cenáculos universitarios y logró culminar con éxito el doctorado en Filosofía y Letras, consagrándose como catedrático en célebres universidades como Harvard y Yale. La complejidad geopolítica de finales del siglo XX y la condición de quiebre histórico absoluto del momento, dio motivo y material para el desarrollo de su tesis evolucionista y realizar una especie de bosquejo sobre el futuro de la humanidad.
Para Fukuyama, la caída de la URSS constituyó “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad”, impacto que conduciría a lo que denomina “la forma final de gobierno”. En realidad, toma la interpretación de la teoría de Hegel, cuyo cimiento es la dialéctica, que realiza el pensador ruso Alexandre Kojéve, quien considera a la historia humana como una competencia entre diversos regímenes o formas de organización social, En esa disputa se encuadran los conflictos y controversias que caracterizan a los conflictos sociopolíticos. De acuerdo a esa dinámica, el nuevo período supera las contradicciones del período anterior hasta llegar al último.
Constituye una forma, además, de retomar la teoría marxista y, apoyado en la realidad histórica, “torcer” su definición, y llevar el estado final desde el comunismo a la democracia liberal, es decir, la ideología que asoma como “vencedora” del momento. En ese punto desaparecen las contradicciones y alternativas y se llega al período que califica como “poshistórico”. Su teoría pretende correlacionar la evolución de la ciencia natural con el capitalismo, lo cual explicaría el efecto de uniformidad de todas las sociedades:
“En nuestro tiempo, una de las manifestaciones más claras del pesimismo fue la casi universal convicción de la permanencia de una vigorosa alternativa comunista-totalitaria a la democracia liberal occidental.”
Argumenta que los progresos de la ciencia condicionan la organización de las sociedades. Si la evolución de la ciencia es progresiva, la historia, de forma irreversible, irá en esa dirección. De esa forma, establece el punto final o “de llegada” al capitalismo individualista, de competencia, descentralizado y flexible a las iniciativas personales. Su conclusión es por demás contundente al determinar que el capitalismo es la cultura económica universal.
De esa forma, en principio coexistirían los dos mundos, el anterior o histórico y el nuevo o poshistórico, algunos aspectos pueden dar origen a colisiones entre ambos. Uno es el petróleo, pues es un arma política que dispone el mundo histórico frente al poshistórico. El segundo aspecto es la inmigración, el flujo de personas del “tercer mundo” hacia las sociedades desarrolladas, lo cual garantiza que los países democráticos sigan interesándose por el mundo histórico, ya sea para contener esa corriente migratoria hacia los respectivos países poshistóricos, o para buscar la integración de los inmigrantes en sus respectivos Estados. Y el tercero es la adquisición de tecnologías por esos países emergentes para aplicarlas al campo militar, especialmente las armas nucleares, bactereológicas y químicas, que son consideradas por los países democráticos una amenaza para la paz mundial.
Dice textual: “La relación entre democracias y no democracias seguirá caracterizándose por la desconfianza y el miedo mutuos, y a pesar de un creciente grado de interdependencia, la fuerza continuará siendo la última ratio en sus relaciones mutuas.”
El reconocimiento universal no debe defender el igualitarismo a ultranza, los seres humanos no son iguales en potencialidades y características. De ahí surge la idea de que tiene que existir la desigualdad como “fuerza motivadora”. En definitiva, el capitalismo se basa en la competencia y la superación sobre los demás, la sentencia es tan clara como tendenciosa: “El fin del comunismo y el triunfo de la democracia liberal significa la recuperación de la dignidad humana”.
Por intención deliberada o por efecto no deseado, la “teoría” de Fukuyama, de tono más declarativo que fundamentado, fue utilizada como una especie de “argumento ideológico” para dotar de legitimidad al poder imperialista que se consideró “agredido”, no tanto material sino moralmente, mediante el episodio de las Torres Gemelas. La reacción refleja, casi inmediata fue la invasión a Irak y ejecución del líder Sadam Husein, en una expedición de “linaje de cruzada del bien”, para poner al planeta a salvo de armas químicas que nunca aparecieron y finalmente se disolvieron en las sombras de la historia.
La Aldea Global
Esta idea fue acuñada por el investigador canadiense Hebert Marshall McLuhan, que había nacido en 1911 y falleció en 1981, pero que en su teoría se adelantó, de forma casi profética, a los acontecimientos que están caracterizando al siglo actual, explicando conceptos de actualísima vigencia.
Este concepto es el que dará origen al de globalización, mediante el cual se puede definir a la sociedad actual de la información. Efectivamente, lo enunció cuando aún faltaban dos décadas para entrar en el siglo XXI, pero se encuadra perfectamente en la realidad actual. Se basa en el concepto básico de que el medio es el mensaje: “En un ambiente de información eléctrica, los grupos minoritarios ya no pueden ser contenidos o ignorados. Demasiadas personas saben demasiado de unas sobre las otras. Nuestro nuevo ambiente obliga al compromiso y a la participación . . .”
McLuhan sostiene que la forma natural de la comunicación humana es la oral, de esa manera se conforma el que denomina “estado tribal”, pero éste se rompe con la incorporación de la palabra escrita, sistema de signos y códigos. Su tesis es que la interiorización de la tecnología del alfabético fonético, traslada al ser humano desde el mundo mágico del oído al mundo neutro de lo visual. En el siglo XX el choque se da entre el aspecto alfabético al electrónico, en la medida que éste último se va haciendo más sofisticado, va eliminando las barreras geográficas.
Ya en 1969 explicaba que, antes de la invención del alfabeto fonético, el ser humano vivía en un mundo donde todos los sentidos se equilibraban simultáneamente en un universo cerrado de profundidad y resonancia tribal; la cultura oral se estructuraba por el sentido auditivo dominante de la vida. El oído, en comparación con el ojo frío y neutro, es sensible y contribuye a la perfecta red de parentesco tribal y la interdependencia en la que todos los miembros del grupo se sienten parte de una comunidad en el más amplio sentido. El ser tribal se distingue de sus sucesores alfabetizadas, en que él vivía en el mundo del espacio acústico, que le dio un concepto radicalmente diferente de las relaciones espacio temporales.
La comunicación eléctrica modificó radicalmente ese relacionamiento, en una de sus expresiones más extremas manifiesta, en 1979, que Hitler fue creado por la radio. Sin embargo, manifiesta, los historiadores no han dicho nada sobre el punto. Sin radio no habría habido Hitler, ya que la radio les permitía a los alemanes estar todos juntos al mismo tiempo, llegando a ser un gran clan tribal otra vez. Esto es aplicable a toda la humanidad y se traslada a la intercomunicación que rige las comunicaciones actuales.
El circuito eléctrico ha demolido el régimen de “tiempo y espacio”, volcando sobre nosotros, al instante y de forma continua, las preocupaciones de los demás; en una palabra, ha reconstruido el diálogo a escala global. Siguiendo el hilo de su pensamiento, todo conduce al concepto de que los viejos agrupamientos cívicos, estatales y nacionales, ya no funcionan. La “audiencia masiva” ha sustituido al “público”, está surgiendo una nueva forma de política, una imagen lo ilustra claramente: “el living se ha convertido en un oscuro cuarto electoral.”
El concepto de aldea global aparece en The Gutenberg Galaxy (1962) y Understanding Media (1964). En 1968, aparece en el título de su libro Guerra y paz en la aldea global; explica el fenómeno de manera muy precisa: “La nueva interdependencia electrónica vuelve a crear el mundo a imagen de una aldea global”. McLuhan afirma que la aldea global es un mundo en el cual no necesariamente hay armonía, existe una fuerte preocupación por los asuntos de los demás y mucho compromiso con la vida de los otros. En realidad, una aldea no es una cosa ideal, porque la gente sabe demasiado acerca de los demás. No hay privacidad, no hay identidad.
Aplicada la teoría a la realidad del siglo XXI, se observa que los usuarios de las redes sociales sienten una gran necesidad de comunicarlo todo y, por otra parte, también les resulta fundamental contar con “amigos” o “seguidores”, no tiene sentido no contar con receptores a quienes debiera interesarles lo que les ocurre a sus interlocutores, por lo que para muchas personas la identidad virtual puede tener mayor relevancia que la identidad real en términos de autoestima, autopresentación y aceptación social. Esta situación refleja que las costumbres comunicativas de las personas han sufrido cambios importantes respecto de siglos anteriores, cuando lo habitual era mantener la discreción respecto a la vida privada.

Izquierda: Europa en el siglo XV; centro: la URSS; derecha: Europa siglo XXI
El final del mundo bipolar
Podría pensarse que la teoría de Fukuyama, sistematizada, maquillada y adaptada, bien puede haber sido tomada como “modelo patrón” para construir la nueva realidad política internacional por parte de una potencia que, hacia finales del siglo XX, se vio a sí misma entronizada en un sitio de hegemonía inédito. Es cierto que, siguiendo la matriz civilizatoria de occidente, la tendencia al dominio absoluto es parte de una inercia natural que siempre guio a los estados más poderosos, pero, medida a escala de ciclo histórico, el derrumbe de la URSS se dio en un lapso demasiado breve, configurándose en un fenómeno inesperado.
El campo de acción y dominio pareció ampliarse exponencialmente para el imperialismo norteamericano, los resortes más poderosos del poder económico contaron con un horizonte de crecimiento desmesurado que parecía no tener techo. Concretamente, Europa como espacio geoeconómico y político experimentó un crecimiento tan súbito como extendido en cuestión de pocos años; si en algún aspecto se hacían indisimulables las fallas del sistema soviético, ese era sin dudas el económico y su impacto en el plano social. La consecuencia lógica era concluir que un amplio espacio se abría para la inversión, los emprendimientos empresariales, la especulación bursátil y la potenciación del capitalismo global.
Pero la historia enseña que los cambios, aún en los casos de aquellos profundos y disruptivos, nunca provocan consecuencias sencillas y lineales. El nuevo vergel traía consigo facetas no visibles que pondrían a la luz nuevas contradicciones y sus consecuentes escenarios de rivalidades y conflictos.
Europa Oriental abrazaba el capitalismo, verdad tan evidente como plagada de “ironías geopolíticas”, en efecto, aquello no quería decir que dejaba de ser Europa, por el contrario, el primer escudo en el que se recostó fue en el de sus hermanas de la Unión Europea, hija del pensamiento hegemónico norteamericano de la década del cincuenta, cuando se disputaba espacios con su rival soviético en el fragor de la bipolaridad. Devenida en “hija ingrata”, ahora, la misma Europa unificada, le disputaba a Estados Unidos, el dominio sobre los recién llegados al capitalismo.
Rusia no había dejado de existir, aunque ya no al frente de una naturaleza especial de federación de estados, la nación no renunciaba a su grandeza y poder y no estaba dispuesta a ceder terreno, aunque los hechos pusieran en evidencia su inferioridad frente a la que había sido su rival hasta ese momento. También abraza al capitalismo, pero desde la óptica de nación con el suficiente peso internacional como para incidir en las grandes decisiones, trabar alianzas favorables, poner algunas condiciones, y ese tipo de recursos que caracterizan a la política internacional, tanto en el plano económico como en el político y militar.
China se asoma con nuevo “look”, seguramente, la “aparición” de China en las “grandes ligas” de la economía mundial y el equilibrio geopolítico, es el punto más saliente de la nueva realidad global que se irá consolidando en este primer cuarto del siglo XXI. Esta consolidación de China como potencia mundial, está indisolublemente unida, por darse de forma contemporánea y por tratarse de dos naciones con varios puntos en común, más allá de sus respectivas identidades, a la consagración de la India como potencia mundial.
En la segunda parte de la presente columna, abordaremos la problemática del mundo de nuestros días, sus nuevas contradicciones y complejidades y la profusión de teorías que anuncian el fin de toda una era y el surgimiento de nuevas fuentes y formas de poder. El formato de Leviatán, que se erigió en todopoderoso hacia los inicios de la época moderna, ahora está agonizando, pero ya otros “ropajes” de aprontan para albergarlo en su seno y darle un look caracterizado, muy por lo pronto como post moderno, pero también con perspectivas de novedad absoluta e irreconocible.
Julio Rapetti
Material consultado
- Carl Schmitt/El Leviatán en la Teoría del Estado
- Natalia Radetich Filinich/Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa
- Una visión optimista de la evolución de la historia/Vicente Hueso García
- Marshall McLuhan, las redes sociales y la Aldea Global/Teresa Ayala Pérez-Revista Educación y Tecnología N°2, año 2012




