Tan ilustrados como valientes
La palabra nos hizo humanos, el libro es su compañero fiel, genuino vehículo de su transmisión y garantía de comunicación entre las personas. El acceso a la lectura nos involucra en un marco de intercambio en el que escritor y lector comparten un espacio de interacción generando un vínculo único, exclusivo, que no puede lograrse por otro medio. El libro habla a través de sus letras, describe imágenes, nos permite descubrir y conocer paisajes, tanto de la naturaleza como del interior del ser humano, abraza, susurra y grita, palpita con nuestro pulso y agita la dinámica neuronal de cada asistente al espectáculo de la lectura.
Es el recuerdo de la niñez, revestido en cuero o cartón, tapizando la pared de la casa, tribuna expectante y dispuesta desde los estantes, testimonio siempre presente a la hora de la duda y la incertidumbre. Es luz permanente al desplegar de sus hojas, siembra palabras que germinan en ideas e iniciativas; y la palabra es el fundamento esencial de la comunicación, lo que no puede nombrarse no existe. “Es un milagro que hablemos, y que seamos capaces de leer, de tomar un texto y reinventarlo en nuestra mente, en nuestro corazón, que podamos nutrirnos de todo eso . . .”, decía la comunicadora Sandra Auteri, agregando que es la palabra la que comienza a separar, a seleccionar, a crear, a afirmar la diversidad, la alteridad, la conciencia, la identidad.
Los libros son una ventana hacia nuevos horizontes
Dejan huellas en la vida generando un fuerte impacto en las personas. Desde la primera niñez y en la boca de nuestros mayores, nos ayudan a descubrir y describir los sentimientos más profundos, nos inundan la cabeza de imágenes y mensajes que impactan en el corazón. Vamos creciendo y acompañan nuestro camino, nos empujan a desarrollar la imaginación, potencian las habilidades de comunicación, empatizan y sociabilizan.
Los libros son las mejores pantallas de imágenes, nos permiten desarrollar en la mente, desde que tenemos uso de razón, la composición de un sitio, un rostro, un objeto, sin que los mismos deban necesariamente ingresar por nuestros ojos. De la misma forma, escuchamos sonidos y percibimos el timbre de voz de los protagonistas, sin haber escuchado absolutamente nada. Así sucede, por ejemplo, que después de haber leído un libro, si el mismo es derivado hacia una película, al verla sentimos una especie de decepción, ya que ésta dista mucho de la imagen que teníamos guardada en nuestra mente.
Guardan y preservan la historia, difunden identidades y acervos culturales, desarrollan la forja del pensamiento y la conciencia propios. Nos hacen más libres, menos dependientes de la falacia y la perversidad, más fuertes frente a la amenaza de cualquier índole, más seguros de nosotros mismos frente a los desafíos, más tiernos y atentos para descubrir y celebrar las cosas buenas y reconfortantes de la vida.
Decía Gabriel García Márquez, una de las luminarias de la literatura latinoamericana de todos los tiempos, que “sentarse a escribir es sentarse frente al oráculo del inconsciente. Una lucha de dos mundos que nos ayuda a extraer los mejores textos que llevamos por dentro”, haciendo alusión al oficio de escritor. Y agregaba respecto al momento en que el creador se siente ante el desafío de la creación: “Vencer el problema de la escritura es tan emocionante y alegra tanto que vale la pena todo el trabajo; es como un parto.”. Solía cerrar su testimonio con una frase que, de alguna manera, procuraba desmitificar su labor: «No soy un escritor, soy un mensajero».

El chileno Vicente Huidobro desarrolló una corriente del análisis literario que definió como “creacionismo”, y expresaba que el mismo surge, a partir del Romanticismo, en la primera mitad del siglo XIX a partir de que el escritor toma conciencia de su capacidad de creador. La creatividad es pensamiento activo, a través de la imaginación y la palabra, surge un nuevo mundo, que se describe mediante la poética y la metáfora. Así, en la voz y la pluma del creador, la realidad toma una forma elíptica que se proyecta venciendo el tiempo y el olvido.
El libro, en tanto instrumento de creatividad y comunicación, ha sabido superar escollos de diversa naturaleza, teniendo especial relevancia en su carácter de estrategia de supervivencia y resistencia en las condiciones más difíciles. Afirma la licenciada Anna Forné que “en todo estado totalitario la censura es un medio importante de control y, como consecuencia, la creatividad, la innovación y la imaginación son medios de resistencia.” Para ello, la creatividad utiliza recursos como la “evasión creativa”, frecuentemente, además, el diálogo aparece como dinamizador y “vivificador” del relato.
Como ejemplo de lo anterior, viene a cuento lo relatado en una parte del libro “Memorias del calabozo” de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro, en el cual ambos estaban en un “diálogo” mediante un sistema de comunicación inventado, por el cual identificaban las letras por la cantidad de golpes en la pared que separaba las celdas en las que estaban recluidos. En determinado momento, en el marco de una discusión encarnizada, Rosencof le responde a Fernández Huidobro “con vos no se puede hablar”. De esa manera, estaba reivindicando el derecho a dialogar y lo hacía con irreverencia, era como decir: «podemos conversar aunque nos tengan encerrados».Con respecto al rol de la literatura en tiempos de opresión, manifiesta Eduardo Galeano sobre el relato post dictadura: “Significa la victoria de la palabra humana”.
Por estos tiempos, estamos siendo testigos del abandono progresivo del contacto con los libros, ello impacta en la forma como las sociedades comprenden y debaten su realidad. Constituye un proceso de debilitamiento de la base del conocimiento y el intercambio de ideas; al mismo tiempo, causa un efecto negativo sobre aspectos como la tolerancia y la discusión positiva. Sin dudas que la progresiva pérdida de la lectura, además de atrofiar la creatividad y la imaginación, debilita el vínculo con la ciencia y el conocimiento.
Tratemos de evitar que se vuelvan realidad algunas predicciones agoreras que auguran que estaríamos ingresando en una “era post-alfabética”. Este fenómeno, conduce al desplazamiento del centro de la atención en temas vitales que han caracterizado a la historia de todas las civilizaciones fuertes, tales como los principios científicos, así como el debate democrático. La inmediatez impuesta por el avance tecnológico y el “reinado” de las redes sociales, están modificando la relación con la palabra escrita. La educación, cada vez más enfocada al especto visual y menos a la disciplina del proceso que implica la lectura y análisis de un texto, contribuye a este proceso.
La ausencia de la lectura dificulta la adquisición de información enmarcada en un contexto determinado, así como la aceptación de opiniones diversas, elementos fundamentales para el debate público y el desarrollo de una ciudadanía informada. Resulta claro que, sin estos insumos, las respuestas y opiniones tienden a carecer de fundamento y argumentación racional, transformándose en “experiencias vividas” individuales sin peso en el plano colectivo, basadas en lo emocional más que en lo racional.
Desde una visión más optimista respecto al tema, el filólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco, figura referente de las letras universales del mundo entre dos siglos, creía firmemente en la sobrevivencia del libro, más allá del avance de la tecnología. A ese respecto, manifestaba que, a diferencia de lo que se nos pretende hacer creer, los soportes tecnológicos de este tiempo, tienen un período de duración bastante más breve que el del libro escrito, y hacía referencia a elementos como el diskette, el disco blando, la cinta y otros, actualmente ya perimidos.
Los uruguayos tenemos antecedentes de una bibliografía de muy alto nivel en todas las disciplinas, para utilizar un término “marketinero”, una biblioteca “de excelencia”. Tenemos de qué estar orgullosos, es imperioso valorar a nuestros escritores creativos, narradores y poetas, historiadores, filósofos, economistas, científicos y exponentes de todas las disciplinas. Debemos asumir como sociedad, el compromiso de ponernos en la vanguardia de la defensa del libro como instrumento de crecimiento humano, sin perjuicio de acceder y utilizar los otros medios que la tecnología nos ofrece.

Luis Dos Santos, Cristina Peri Rossi y Roy Verocay, tres ejemplos icónicos de la relevancia de las letras uruguayas, literatura para todas las edades y las identidades




